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MORELIA, Mich., 21 de mayo de 2026.- En un día como hoy, 21 de mayo, pero de 1920, México amaneció con una noticia que sacudió al país. El asesinato del presidente Venustiano Carranza, uno de los hombres más importantes de la Revolución Mexicana y figura clave en la creación de la Constitución de 1917. Su muerte, ocurrida en Tlaxcalantongo, Puebla, no solo marcó el fin de su gobierno, también simbolizó el cierre de una de las etapas más violentas e inestables de la lucha revolucionaria.
México atravesaba entonces años de profundas divisiones políticas, traiciones y enfrentamientos armados. Apenas una década antes había iniciado la Revolución Mexicana contra la dictadura de Porfirio Díaz, pero tras la caída del régimen el país continuó envuelto en disputas entre caudillos revolucionarios que buscaban el control político y militar de la nación.
De acuerdo con investigaciones históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, Carranza llegó al poder como líder del movimiento constitucionalista después del asesinato de Francisco I. Madero y el derrocamiento de Victoriano Huerta. Durante su gobierno impulsó la Constitución de 1917, considerada una de las más avanzadas de su época por reconocer derechos laborales, educación laica y reparto agrario, en un momento donde México intentaba reconstruirse tras años de guerra, pobreza y miles de muertes provocadas por el conflicto revolucionario.

Para 1920 su liderazgo ya estaba debilitado. Aunque su mandato estaba por concluir, la tensión política aumentó cuando intentó impulsar como sucesor presidencial a Ignacio Bonillas, un diplomático poco conocido. La decisión provocó el rechazo de influyentes líderes revolucionarios como Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, quienes consideraban que Carranza intentaba controlar la sucesión presidencial y mantenerse con poder político detrás del gobierno.
La ruptura derivó en el Plan de Agua Prieta, una rebelión militar que desconoció oficialmente al gobierno carrancista. El movimiento ganó apoyo rápidamente en distintos estados y el presidente comenzó a perder respaldo político, militar y territorial. En cuestión de semanas, el país volvió a acercarse al caos de los años más duros de la Revolución.
Ante el avance rebelde, Carranza abandonó la Ciudad de México acompañado de funcionarios, tropas leales y parte del tesoro nacional. Su intención era llegar a Veracruz para reorganizar su gobierno, tal como lo había hecho años antes durante otros episodios revolucionarios. Sin embargo, el trayecto pronto se convirtió en una huida desesperada entre ataques, sabotajes y caminos destruidos.
Las vías ferroviarias fueron dañadas, los suministros comenzaron a escasear y el grupo presidencial tuvo que internarse entre las montañas de la Sierra Norte de Puebla. Agotado física y políticamente, Carranza llegó el 20 de mayo de 1920 a Tlaxcalantongo, donde recibió refugio del general Rodolfo Herrero, quien aparentemente seguía siendo aliado suyo.
Durante la madrugada del 21 de mayo, hombres armados rodearon el jacal donde dormía el Presidente y abrieron fuego. Carranza murió en medio del ataque, convirtiéndose en el único Presidente mexicano asesinado mientras ocupaba constitucionalmente el cargo.
Su asesinato tuvo un enorme significado para el país. Representó el triunfo definitivo del llamado grupo sonorense encabezado por Álvaro Obregón y abrió paso a una nueva etapa política que buscó estabilizar México después de años de enfrentamientos armados. Para muchos historiadores, aquel momento marcó el verdadero final militar de la Revolución Mexicana y el inicio de un nuevo modelo de poder que dominaría la política nacional durante décadas.
Históricamente, la muerte de Carranza sigue rodeada de controversia. Aunque Rodolfo Herrero fue señalado como responsable directo, durante años persistieron dudas sobre quién ordenó realmente el crimen y hasta dónde llegaron las responsabilidades políticas detrás del magnicidio.




