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MORELIA, Mich., 20 de enero de 2026.- Rasputín es uno de esos personajes históricos que parecen más sacados de una novela que de un archivo. Campesino siberiano, sin estudios formales ni rango religioso, terminó convertido en confidente íntimo de la familia imperial rusa y en símbolo de misterio, escándalo y supuestos poderes sobrenaturales. Durante más de un siglo su nombre ha sido asociado con curaciones milagrosas, sexo, manipulación política y una muerte casi imposible. Pero ¿cuánto de todo eso es verdad y cuánto es mito cuidadosamente construido?
Su ascenso comenzó cuando la zarina Alexandra, desesperada por la enfermedad de su hijo heredero, creyó ver en Rasputín a un sanador capaz de aliviar las crisis de hemofilia del pequeño Alexéi. Lo más probable, según historiadores, es que no curara nada: simplemente lograba tranquilizar al niño y convencer a los médicos de suspender tratamientos agresivos que empeoraban los sangrados. Ese alivio bastó para convertirlo en figura indispensable dentro del palacio, ganando una influencia que pronto despertó celos, miedo y una lluvia de rumores.
A partir de ahí nació el Rasputín legendario. Se le atribuyeron orgías secretas con damas de la nobleza, poderes hipnóticos y una capacidad sobrenatural para controlar a la zarina. Gran parte de estas historias surgieron de panfletos políticos y prensa sensacionalista, interesados en desprestigiar a la monarquía en un imperio que ya mostraba grietas profundas. Rasputín terminó funcionando como el villano perfecto: un forastero oscuro al que se podía culpar de todos los males del régimen.
El episodio más famoso es, sin duda, su asesinato. La versión popular cuenta que fue envenenado sin efecto, baleado varias veces, golpeado y finalmente arrojado vivo a un río helado. Sin embargo, los informes forenses y estudios posteriores desmontan buena parte de esta narrativa. No hay evidencia de veneno en su cuerpo y todo indica que murió por un disparo directo en la cabeza. El relato espectacular fue difundido principalmente por uno de sus asesinos, que adornó la historia hasta convertirla en leyenda.
Así nació la imagen del hombre imposible de matar, una figura casi inmortal que reforzó su fama de místico y demonio al mismo tiempo. El mito fue tan poderoso que terminó opacando al personaje real: un hombre carismático, intuitivo, capaz de leer emociones y generar dependencia, pero lejos de poseer dones sobrenaturales. Su verdadera “magia” fue comprender el miedo, la fe y la desesperación de quienes tenían el poder.
Quizá por eso Rasputín sigue fascinando hoy. En tiempos de fake news, gurús digitales y líderes carismáticos, su historia resulta inquietantemente actual. Más que un hechicero invencible, fue el producto de una época en crisis y de una sociedad dispuesta a creer en milagros cuando el sistema comenzaba a derrumbarse. Y tal vez ahí radica su verdadero legado: recordarnos que, a veces, los mitos dicen más sobre quienes los crean que sobre el hombre que los protagoniza.
Fuente: Encyclopaedia Britannica. “Grigory Yefimovich Rasputin”. Britannica.com.




