Van por el robot campeón; alista ICTI batalla tecnológica en Morelia
MORELIA, Mich., 13 de abril de 2026.- En 1949, el neurólogo portugués António Egas Moniz fue reconocido con el Premio Nobel por un procedimiento que prometía cambiar la historia de la salud mental. La llamada Lobotomía era vista como una respuesta innovadora para tratar trastornos graves en una época donde las opciones eran prácticamente inexistentes. En hospitales saturados y con pacientes considerados incurables, la idea de intervenir directamente en el cerebro parecía, para muchos, un avance urgente y necesario.
Diversas revisiones históricas y médicas, publicadas en revistas como The Lancet y el Journal of the History of the Neurosciences, coinciden en que la técnica consistía en interrumpir las conexiones del lóbulo frontal, región asociada con la personalidad, la toma de decisiones y el control emocional. Bajo la hipótesis de que ciertos trastornos se originaban en circuitos neuronales rígidos, se pensó que al modificarlos se podían aliviar síntomas como la ansiedad o la psicosis, una explicación que, en su momento, resultó convincente para la comunidad científica.
El procedimiento, desarrollado en la década de los treinta, se difundió con rapidez. Primero mediante intervenciones quirúrgicas más complejas y después a través de métodos simplificados que permitieron su aplicación masiva. Uno de los más conocidos fue impulsado por el médico Walter Freeman, quien popularizó una técnica que podía realizarse en cuestión de minutos. La rapidez y aparente eficacia ayudaron a que miles de pacientes fueran sometidos a este tratamiento en distintos países.
Durante los primeros años, algunos resultados fueron interpretados como positivos. Pacientes con conductas agresivas o estados de agitación mostraban cambios que parecían estabilizarlos. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzaron a hacerse visibles las consecuencias más profundas. Muchos de ellos perdían la capacidad de sentir, de decidir o de reconocerse a sí mismos. La tranquilidad que se obtenía no siempre significaba recuperación, sino una forma de desconexión emocional que alteraba de manera irreversible la vida de las personas.
A pesar de estas señales, el reconocimiento internacional ya había consolidado la práctica. El Premio Nobel funcionó como un respaldo que impulsó su expansión y legitimó su uso en múltiples instituciones médicas. Fue hasta años después, con el desarrollo de tratamientos farmacológicos y una mayor observación de los efectos a largo plazo, cuando la comunidad científica comenzó a cuestionar seriamente su utilidad y sus implicaciones éticas.
Hoy, el Nobel otorgado a Moniz no ha sido retirado y permanece como parte de la historia oficial de la ciencia. Sin embargo, su significado ha cambiado. Más que un símbolo de avance, se ha convertido en un recordatorio de los riesgos de actuar con evidencia limitada y de la influencia que pueden tener el contexto, la urgencia y la autoridad en las decisiones médicas.
La historia de la lobotomía no solo habla de un procedimiento, sino de una época en la que la necesidad de soluciones superó a la cautela. También plantea una pregunta que sigue vigente en la actualidad, hasta qué punto la ciencia puede equivocarse cuando cree estar haciendo lo correcto.