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MORELIA, Mich., 2 de Junio de 2026.- Durante la década de 1920, cientos de jóvenes estadounidenses consiguieron lo que parecía ser el empleo perfecto. Trabajaban en fábricas pintando relojes y brújulas que brillaban en la oscuridad, recibían un salario superior al de muchas otras mujeres de la época y manipulaban uno de los descubrimientos científicos más fascinantes del momento. Lo que ninguna de ellas imaginaba era que aquel trabajo terminaría convirtiéndose en uno de los mayores escándalos laborales y sanitarios del siglo 20.
La historia de las llamadas Chicas del Radio, conocidas internacionalmente como Radium Girls, ha sido documentada por especialistas e historiadores en publicaciones como Encyclopaedia Britannica y el portal de divulgación científica Mujeres con Ciencia. Ambos relatos coinciden en que estas trabajadoras fueron víctimas de una industria que promovía el radio como un material revolucionario mientras sus efectos mortales comenzaban a acumularse silenciosamente en sus cuerpos.

Todo comenzó tras el descubrimiento del radio por Marie y Pierre Curie en 1898. El elemento causó una auténtica fascinación mundial y fue incorporado a cosméticos, medicamentos y productos de uso cotidiano. Su brillo parecía casi mágico, por lo que muchas empresas lo presentaban como una maravilla científica destinada a mejorar la vida moderna.
Ese entusiasmo quedó plasmado en anuncios como el de la pintura luminosa Undark, que presumía poner el “poder del radio” al alcance de cualquiera. La publicidad aseguraba que el producto era seguro, confiable y capaz de emitir luz de forma permanente sin necesidad de electricidad. Mientras las empresas presentaban el radio como una maravilla científica destinada a transformar la vida cotidiana, cientos de trabajadoras lo llevaban a sus labios todos los días sin saber que aquella sustancia estaba acumulándose en sus huesos y provocando una enfermedad que años después terminaría por destruir sus cuerpos.
Las fábricas contrataron a cientos de mujeres para pintar relojes, brújulas e instrumentos con una mezcla que contenía radio. Para afilar los pinceles debían colocarlos entre los labios una y otra vez durante la jornada, ingiriendo pequeñas cantidades del material sin saberlo. Algunas incluso se pintaban las uñas, los dientes o el cabello para divertirse viendo cómo brillaban cuando se apagaban las luces.
Años después comenzaron a aparecer síntomas alarmantes. Dolores intensos, pérdida de dientes, anemia y graves daños óseos afectaron a mujeres que hasta entonces parecían completamente sanas. En los casos más severos, la mandíbula llegaba a deteriorarse y desintegrarse progresivamente, una condición que más tarde sería conocida como mandíbula de radio.

La explicación era aterradora. El organismo confundía el radio con calcio y lo almacenaba en los huesos, donde continuaba emitiendo radiación durante años. Mientras las trabajadoras enfermaban, las compañías negaban cualquier responsabilidad, pese a que el número de víctimas seguía aumentando.
La batalla legal emprendida por varias de estas mujeres terminó por exponer la verdad y cambió para siempre las normas de seguridad laboral en Estados Unidos. Más de un siglo después, las Chicas del Radio siguen siendo recordadas como el rostro de una tragedia provocada por la combinación de ignorancia científica, ambición empresarial y una confianza ciega en lo que entonces se consideraba el futuro.




