Inicia Congreso Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación en Michoacán
MORELIA, Mich., 26 de febrero de 2026.- El 26 de mayo de 1938, Adolf Hitler colocó la primera piedra de una fábrica destinada a producir el llamado auto del pueblo. El proyecto, bautizado como Volkswagen, no era simplemente un automóvil: era una pieza estratégica de propaganda para mostrar que el régimen nazi podía ofrecer progreso y bienestar a las familias trabajadoras alemanas.
La propuesta era ambiciosa. El vehículo debía ser accesible, resistente, económico en combustible y capaz de transportar a dos adultos y tres niños. Para desarrollarlo, el encargo fue entregado al ingeniero Ferdinand Porsche, quien diseñó un modelo compacto, de líneas redondeadas y mecánica sencilla que con el tiempo se convertiría en uno de los autos más reconocibles del planeta. Incluso se implementó un sistema de ahorro mediante estampillas para que los trabajadores pagaran el automóvil poco a poco antes de recibirlo.
Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial cambió por completo el rumbo del proyecto. La fábrica, ubicada en la ciudad que hoy conocemos como Wolfsburg, dejó de producir autos familiares y pasó a fabricar vehículos militares. Durante el conflicto, la planta utilizó trabajo forzado, incluyendo prisioneros, lo que representa uno de los capítulos más oscuros en la historia de la compañía.
Tras la derrota de la Alemania nazi, el futuro de la fábrica parecía incierto. Muchas industrias vinculadas al régimen fueron desmanteladas. Sin embargo, autoridades británicas decidieron reactivar la producción en lugar de destruirla. En un inicio, empresas estadounidenses y británicas rechazaron quedarse con la planta al considerar que el diseño del automóvil era poco atractivo y con pocas probabilidades de éxito comercial.
Contra todo pronóstico, el modelo sobrevivió. Con los años evolucionó hasta convertirse en el legendario Volkswagen Escarabajo, conocido en México como Vocho o Bocho. Llegó a ser uno de los autos más vendidos de la historia y, de manera irónica, pasó de ser un símbolo impulsado por un régimen totalitario a convertirse en un ícono popular, asociado a la movilidad accesible, la cultura juvenil y la vida cotidiana de millones de personas.
La historia del Bocho demuestra cómo un objeto puede trascender su origen político y transformarse con el paso del tiempo. Lo que comenzó como una herramienta de propaganda terminó convertido en un vehículo entrañable para generaciones enteras alrededor del mundo.




