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MORELIA, Mich., 12 de octubre de 2026.- Atada de pies y manos, una persona era sumergida en el agua para determinar si era culpable de brujería. Si flotaba, podía ser condenada; si se hundía, su inocencia podía quedar demostrada demasiado tarde. Este procedimiento fue una de las prácticas utilizadas durante la cacería de brujas, una persecución en la que también se buscaron supuestas marcas del diablo en la piel y se aceptaron testimonios sobre apariciones sobrenaturales como indicios de culpabilidad.
Aunque suele asociarse con la Edad Media, la cacería de brujas alcanzó su mayor intensidad entre los siglos 16 y 17, durante la Edad Moderna. De acuerdo con los Archivos Nacionales del Reino Unido, las acusaciones estuvieron relacionadas con las creencias religiosas, los conflictos comunitarios y la búsqueda de explicaciones para enfermedades, muertes y otras desgracias. En Europa, miles de personas fueron procesadas por supuestamente practicar magia dañina o establecer pactos con el diablo.
Las acusaciones podían surgir después de enfermedades inexplicables, muertes de animales, pérdidas de cosechas o disputas entre vecinos. En comunidades donde la religión influía profundamente en la interpretación del mundo, las desgracias podían atribuirse a fuerzas sobrenaturales y despertar sospechas contra personas concretas. La persecución no tuvo una única causa ni funcionó de la misma manera en todos los países. En ella intervinieron conflictos locales, autoridades civiles y religiosas, creencias populares y diferencias entre los sistemas judiciales. En ese contexto, algunos tribunales recurrieron a procedimientos que pretendían revelar una culpabilidad que no podían demostrar mediante pruebas fiables.
Una de las prácticas más desconcertantes fue la prueba del agua, sustentada en la creencia de que el agua rechazaría a quienes hubieran establecido un pacto con el diablo. La persona sospechosa era atada y sumergida, y si flotaba, podía ser considerada culpable. Si se hundía, podía ser declarada inocente, aunque corría el riesgo de ahogarse. El procedimiento tenía antecedentes en las antiguas ordalías, pruebas que pretendían dejar el resultado de una disputa en manos de la intervención divina. Su uso fue irregular y no constituyó un método universal en los juicios por brujería.
El cuerpo también se convirtió en objeto de sospecha. Algunos examinadores buscaban la llamada marca del diablo, una supuesta señal física que demostraría la existencia de un pacto sobrenatural. Lunares, cicatrices, manchas y protuberancias podían despertar sospechas. En ciertos casos, los llamados pinchadores de brujas utilizaban agujas para buscar zonas de la piel que supuestamente no sintieran dolor o no sangraran. Los Archivos Nacionales del Reino Unido conservan registros de una inspección realizada en 1634 a mujeres acusadas en Lancashire, Inglaterra. Estos procedimientos muestran cómo características naturales del cuerpo podían interpretarse como señales de culpabilidad sin que existiera evidencia médica capaz de demostrar brujería.
En Salem, Massachusetts, la persecución adquirió otra dimensión en 1692, cuando los tribunales admitieron la llamada evidencia espectral. Algunas personas aseguraban que el espíritu o la aparición de una acusada las había atacado, aunque su cuerpo estuviera en otro lugar. Estos testimonios resultaban difíciles de refutar porque dependían de experiencias que no podían comprobarse de manera independiente. En total, 20 personas fueron ejecutadas durante los juicios de Salem, mientras otras murieron en prisión.
Las autoridades comenzaron a cuestionar los procedimientos de Salem cuando las acusaciones se multiplicaron. En octubre de 1692, el gobernador William Phips disolvió el tribunal encargado de la fase más intensa de los juicios. El nuevo tribunal dejó de admitir evidencia espectral y las condenas disminuyeron considerablemente antes de que los procesos concluyeran en 1693. El cambio mostró la importancia de las reglas judiciales y de las decisiones de las autoridades en el destino de las personas acusadas. También evidenció que las persecuciones podían perder fuerza cuando se cuestionaban los métodos utilizados para sostener las acusaciones.
La cacería de brujas fue mucho más que una sucesión de supersticiones. Estuvo vinculada con el miedo, los conflictos sociales, las creencias religiosas y los sistemas de justicia de su tiempo. Las marcas corporales, las pruebas físicas y los testimonios sobre visiones reflejan distintos intentos de demostrar un delito sobrenatural mediante procedimientos incapaces de comprobarlo de forma fiable. Detrás de cada acusación había una persona expuesta a decisiones que podían cambiar su vida para siempre.
Siglos después, esta historia deja una lección inquietante sobre los peligros de permitir que los prejuicios y la necesidad de encontrar culpables se impongan sobre la obligación de demostrar los hechos.




