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MORELIA, Mich., 9 de abril de 2026.- En México, el descenso en la intención de tener hijos entre las juventudes comienza a reflejarse en la percepción social y en testimonios cotidianos.
De acuerdo con datos del Inegi, el país transita hacia un proceso de envejecimiento poblacional, fenómeno que ya es visible en ciudades como Morelia, donde habitantes de distintas edades identifican cambios en las dinámicas familiares.
Durante un sondeo realizado este jueves, jóvenes y adultos coincidieron en que la decisión de tener menos hijos —o no tenerlos— responde a múltiples factores, principalmente económicos, laborales y culturales.
Alberto García señaló que la incertidumbre laboral, agravada por transformaciones tecnológicas como el avance de la inteligencia artificial, genera preocupación entre las nuevas generaciones. A ello sumó el cambio en los modelos familiares y en las aspiraciones individuales: “la vida ya no es para tener hijos, sino para vivirla”, expresó, aludiendo a una visión más centrada en el desarrollo personal.

En contraste, Rafael, padre de cuatro hijos, atribuyó esta tendencia a una menor disposición a asumir responsabilidades, aunque reconoció que la situación económica influye directamente: “cada día está peor”, afirmó.

Otras voces, como la de Gloria Odilia Guevara, manifestaron una postura crítica hacia las nuevas generaciones, al considerar que la disminución de la natalidad pone en riesgo la continuidad de las familias.

Desde su experiencia, proveniente de una familia numerosa, defendió el valor de los hogares grandes y cuestionó que hoy se privilegien otros estilos de vida.
Sin embargo, Nancy, otra de las entrevistadas, ofreció una lectura más estructural. Subrayó que la incorporación de ambos integrantes de la pareja al mercado laboral, junto con la falta de condiciones adecuadas como guarderías, lactarios y espacios seguros para el cuidado infantil, limita las decisiones reproductivas. “Cada vez la vida está más difícil”, sostuvo, al advertir que incluso tener uno o dos hijos ya representa un desafío.

Entre los jóvenes, la constante fue la necesidad de estabilidad económica previa a formar una familia. Jesús consideró que, además del factor económico, pueden influir experiencias familiares negativas o el temor a no ser buenos padres.
Miguel Ángel, por su parte, expresó el deseo de tener una familia numerosa, pero condicionado a contar con empleo, vivienda y solvencia suficientes, elementos que, reconoció, no están garantizados para todos.

En el ámbito político, un joven identificado como Lenin planteó la necesidad de fortalecer políticas públicas orientadas a las juventudes, particularmente en materia de vivienda y apoyos sociales.
Destacó iniciativas gubernamentales como programas de acceso a vivienda impulsados por la presidenta Claudia Sheinbaum, aunque admitió que el costo de vida continúa siendo una barrera significativa para la formación de familias.

El sondeo revela una tensión entre visiones generacionales: mientras adultos mayores tienden a interpretar la baja natalidad como una pérdida de valores o de continuidad familiar, los jóvenes la explican desde condiciones materiales adversas y cambios en sus proyectos de vida.
Así, más que una decisión individual aislada, la reducción en el número de hijos aparece como un fenómeno complejo, vinculado tanto a transformaciones económicas como a la redefinición de expectativas sociales, en un contexto donde el Estado y sus políticas públicas son señalados como actores clave para incidir en esta tendencia.




