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MORELIA, Mich., 14 de enero de 2026.- Antes de que la quiten, me fui a ver al Frido, más bien, a observar su obra, la exposición retrospectiva que tiene en Palacio Clavijero. Y encontré la columna pictórica de sus 70 años de creación plástica, realizada en el marco del homenaje nacional que le realizan diversas instituciones culturales del país por la celebración de sus 100 años de vida. Un siglo de Arturo Estarada, oriundo de Panindícuaro, artista universal que plasmó en cuadros al México posrevolucionario, al contemporáneo, al marginal y al opulento. Obra en la que permean contemplación, rebelión, denuncia y belleza.
Es una amplia exposición que fue inaugurada en julio del año anterior y que será retirada el próximo domingo. Su título dice poco para lo mucho que es: “Cien Años de Vida. El Artista de la Luz y el Color”. Colorista, sí, pero más que eso, mucho más. Cuatro días para ir, para regresar, para recorrerla. He estado allí varias veces, porque en cada ocasión que he ido le he encontrado algo nuevo, por ser el suyo un discurso pictórico de muchos matices. Sorprende, desde que uno entra a la primera sala, la frescura de su lenguaje, la solidez de sus composiciones y su vigencia.

Son más de un centenar de cuadros colgados en las salas 1 y 2 de Palacio Cultural Clavijero. Abre ese universo el cuadro “Genio y Figuera”, un acrílico de 64x75 centímetros, pintado en 1977, de suyo un autorretrato-revelación del pintor como ente creativo: su paleta ensangrentada, su pincel a modo de puya, una columna de granito, la mitad de un mamey, una botella medio llena (o medio vacía), una chamarra, un caballete, un sombrero y un cuadro escarlata del que emerge la silueta de su rostro en trazos rápidos y, sobrepuesta, un águila artesanal de madera con alas al vuelo. Allí está todo, su el hombre, su numen y su obra.
Y empieza el discurso museográfico con una serie de autorretratos (ego te absuelvo, diría Concha Urquisa), entre los que destaca el de su ojo azul, camisa amarilla y una “adivinanza: fui al templo, pisé un ladrillo, miré hacia atrás y vi amarillo: Membrillo”. Encontré obras de muy diferentes formatos, desde pequeñas hasta grandes, monumentales. Los temas, múltiples: paisaje, desnudo, retrato, divertimento, crítica social, denuncia y yo acuso. De todo a través de realismo, surrealismo, estructuralismo, geometrismo, impresionismo, expresionismo y abstraccionismo.

Y claro, a lo largo del recorrido es notorio su proceso evolutivo, desde “La Madre” (ese óleo sobre tela de 115x77 centímetros que pintó en 1947, que le fue criticado por su maestra Frida Kalho con un contundente “tiene pies de chango”, lo que Arturo Estrada tomó de muy buena manera como consejo, para seguir creciendo, por lo que registró lo dicho por la pintora en el reverso de la obra) pasando “De odio racial se derrite la tierra”, óleo sobre tela de 1966, hasta su obra de un geometrismo que, siendo original y propia, me recordó la de Carlos Mérida.

En la primera sala uno se encuentra con la exuberancia colorística de Arturo Estrada, el artista michoacano universal que se le reconoce como uno de los cuatro discípulos preferidos de Frida Kalho (los otros fueron Fanny Rabel, Arturo García Bustos y Guillermo Monroy), él mismo que ayudó en murales a figuras como Diego Rivera y José Chávez Morado; pero en la Sala 2 nos topamos con otro Arturo Estrada, el de las detonaciones tonales en grises, el de las oscuridades y la negrura. Y, además, con sus bocetos y proyectos de murales.

En suma, quedan cuatro días para ir y/o regresar a Palacio Clavijero a recorrer, sorprenderse, consumir, disfrutar de la retrospectiva pictórica del maestro Arturo Estrada, exposición que, por cierto, ha sido muy visitada. Hay que ir porque difícilmente volveremos a tenerla de nueva cuenta en Morelia. Así sea.





