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MORELIA, Mich., 18 de marzo de 2026. - Este año, el mercado Santo Niño cumplió 51 años de existencia, pero su origen se encuentra mucho antes, en el comercio sobre ruedas que ocupó la calle de Nicolás Bravo y en los oferentes de comunidades rurales que, con la misma constancia de antaño, siguieron llevando sus productos a los vecinos del Centro y de las colonias aledañas.
Felipe Ruiz, comerciante de toda la vida, recordó que comenzó en este oficio hace más de medio siglo, cuando aún no existía siquiera el inmueble del mercado y todo transcurría como un tianguis, entre voces, polvo y madrugadas.
“Antes no era un mercado. Los oferentes nos instalábamos sobre la calle Nicolás Bravo, pero con el tiempo aquello se volvió incómodo para los vecinos, y surgió la necesidad de buscar un espacio propio. Fue con el entonces presidente Marco Antonio Aguilar Cortés que se acordó la compra del terreno, que hacia 1971 albergaba vecindades. Eran tiempos en los que abundaban esas construcciones en la calle; se demolieron y en 1973 comenzó la construcción del mercado”, relató.
El 18 de mayo de 1975 se inauguró el mercado Nicolás Bravo, integrado en su mayoría por comerciantes provenientes de Tarímbaro, Charo, La Concha y algunos pocos de la ciudad. La mayoría llegó desde la zona rural, y se convirtió en ese puente vivo entre el campo y la ciudad, entre la tierra y la mesa.

Con cubetas en mano o cargando sus morrales, trajeron tortillas recién hechas, flores de calabaza, hierbas de olor, frutas, legumbres y hortalizas que llenaron de vida los hogares.
En cada jornada dejaron no solo mercancía, sino también fragmentos de sus pueblos, de su historia, de su forma de entender la vida.
Ya instalados en sus locales —modestos, rústicos, pero llenos de dignidad—, el mercado Nicolás Bravo cambió poco a poco de nombre en la memoria de los vecinos del Centro, quienes comenzaron a llamarlo Santo Niño, por la cercanía con el templo, como si el sitio mismo hubiera adoptado un alma propia.
Entre sus pasillos crecieron los hijos y nietos de las y los fundadores. No hubo guarderías, pero nunca hicieron falta: entre todos construyeron una red invisible de cuidados, una comunidad que vigiló, protegió y acompañó sin necesidad de palabras.
“En aquellos años, cuando todo comenzaba, mi mujer me ayudó en el negocio. Aquí crecieron mis hijos. Este siempre fue un lugar seguro. Aquí hicieron amigos. Recuerdo a los niños corriendo por los pasillos, y entre todos los cuidábamos; a veces me tocaba a mí, a veces a otros”, añadió, con una sonrisa que parecía mirar hacia otro tiempo.
Pero también llegó la desgracia. A pocos años de su apertura, el mercado se incendió. Nadie supo nunca con certeza qué ocurrió.

“El fuego comenzó en la parte de atrás, por donde estaba la bomba de agua, y se extendió muy rápido, porque algunos locales tenían piñatas. Lo perdimos todo. Tuvimos que volver a la calle durante algunos meses, mientras rehabilitaban el inmueble”, narró, con la nostalgia asomando en la mirada.
Con esfuerzo, solidaridad y la ayuda de un sacerdote del templo de La Merced, regresaron a sus locales.
Cubrieron con sus propias manos las cicatrices del incendio, enjarraron los muros con cal y, poco a poco, devolvieron la vida a aquel espacio que se negaba a desaparecer.
Desde entonces, el mercado continuó su crecimiento y se consolidó como el preferido de los vecinos del Centro Histórico, un lugar donde el tiempo pareció caminar más despacio y donde cada puesto guardó una historia.
“Ya casi no vienen de las comunidades; ahora la mayoría es de aquí. Nuestros clientes son quienes viven en el Centro y en las colonias cercanas”, comentó.
Felipe Ruiz es uno de los 80 hombres que trabajan en el Santo Niño. Sin embargo, en el fondo, este mercado siempre ha sido sostenido por mujeres: ellas han liderado desde la administración hasta cada uno de los puestos, como si en sus manos descansara no solo el comercio, sino también la memoria viva de todo un lugar.





