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MORELIA, Mich., 13 de agosto de 2026.- He leído y releído una y más veces el libro “Memorias del Fénix”, poemario con el que el bardo michoacano José H. Velázquez ganó el Premio Internacional de Poesía Publio Virgilio Marrón 2025, certamen literario al que convoca el Grupo Editorial Sial Pigmalión, casa que tiene su sede en Madrid, España. Lo singular para mí, normal para tanta gente, es que a cada nueva lectura le encuentro novedades a la obra del oriundo de la Ex Hacienda de Curimeo, Michoacán, avecinado desde hace décadas en Salvatierra, Guanajuato.
Lo primero que para mí es evidente desde el canto inicial hasta el último, el 67, es que el autor hace gala de su gran oficio de poeta consumado, porque cada verso está muy cuidado, cada poema es redondo y, sin embargo, es también un eslabón de una gran senda de revelaciones y contundencias desde la óptica del ave mítica, esa a la que el poeta ha traído al sigo XXI, no sé si 500 años después de su último incendio, o antes. Porque, has de saber, lector amable, que José Herlindo Velázquez le da voz milenaria y voz actual.
La que habla es el Ave Fénix, el poemario está escrito en primera persona, pero siempre desde la actualidad, la resiliencia y la sabiduría. Los cantos iniciales son para presentarse, para decir quien es, de dónde viene y hacia donde va. Es el ave, desde el principio, cada uno y todos los hombres, pueblos, mitos y realidades; de suyo, el poeta le da el don de la ubicuidad, porque la hace verse, ubicarse, aquí allá y acullá al mismo tiempo. Es el universo mismo. Después, el Ave Fénix, se humaniza y aprende a sentir como hombre, como el poeta, y a querer, amar, desear, añorar, ansiar, gozar, sufrir y valorar lo que él.
Por las primeras lecturas que hice de los 67 cantos me quedaba la impresión de que era un libro docto, por llamarlo de alguna manera, lo que lo hacía lejano a un lector común. Mi impresión partía de la idea de que el poeta hace alusión a figuras, lugares y situaciones de la mitología misma y que, ésta, es conocida solamente en ciertos círculos de gente con determinados grados de estudios y lecturas. Creía yo que era un poema muy intelectualizado, pero no, no es así, porque la obra fluye y le habla a todo tipo de lector, lo que pude comprobar al dárselo a leer a un labriego, amigo mío, porque quedó extasiado.
“Soy Historia
El mito donde Caliope se recrea
con música de lira
y danza de los mundos
Soy epopeya fuego de Troya
Ardo en el pavor troyano
en el valor de Héctor
en la muerte de Patroclo
en el amor efímero de Paris y Elena.
Soy hoguera
Llamarada en el infierno que no cesa jamás
sobre el cansado espíritu de Príamo.”
José H. Velázquez deja aflorar sus inquietudes y visión del universo actual. Y el Ave Fénix, por las evoluciones que alcanza en la obra del poeta, nos muestra y demuestra esa cosmovisión que es tan propia del humanista, del ser real que, sí, se identifica con las situaciones y circunstancias de los dioses, semidioses y hombres de la gran mitología que es la suma de las mitologías de diferentes culturas milenarias. Por eso es que la solidez de poemario, el gran poemario de 67 mundos, crece de uno al otro canto, y el ave se torna cada vez más actual, sin perder su esencia, ni los dones de que fue dotada en la antigüedad por la imaginería de los hombres.

“Para que surja en tu ser
la resiliencia
construye relaciones
de amor y entusiasmo
dentro y fuera de la esfera familiar
Ve a la montaña
abraza un árbol
habla con los pájaros
con las flores y el agua
chifla y canta
llora y grita
odia y ama
bendice y maldice si es preciso
pero aduéñate de ti
de tus pulmones y tu respiración
ama a tu mujer a tus hijos y a tus nietos
perdónate y perdona
Solo así podrás asegurar que has logrado
hacer brotar tu renovado ser
para el resto de tu vida…”
Memorias del Fénix es un libro gozoso, porque en su creación el poeta disfrutó, no se dio tiempo para la angustia, ni el desgarramiento. Lo creó de un jalón, basado en su gran dominio del tema. Eso se siente, se palpa, porque tiene un hilo conductor que lo hace mantener el ritmo, la sonoridad, el equilibrio. Es una obra dotada de imágenes, metáforas sobresalientes, destacadas, novedosas. De suyo, José Herlindo Velázquez se permite licencias literarias y hasta se da permiso de jugar, de entrar en divertimentos en los que la temática y el manejo del lenguaje se ungen como ente lúdico, tal, el caso del Canto 40, ya casi al ingresar a la tercero y último tramo del poemario, poema que esplende como un remanso edificante con sus pes y sus gerundios.
° Me río
con la música del río
y duermo mientras duerme
el desvelado sol
Mis penas peno
cuando el alma pena
en la penosa penumbra
de un penar sombrío
Penando riendo
Y dormitando ando
dejando que mi vida penitente pene
hasta que quede exenta
de su andante pena. °
El poema avanza con paso firme. El poeta se vacía en él, no puede ser de otra manera, porque es verdad que toda obra es autobiográfica. Por eso el Ave Fénix y José H. Velázquez se tornan uno, se fusionan, para que la ideología emane, corra y recorra las paredes del estruendo, los muros del desprecio, las arquitecturas todas del hartazgo. Mito y realidad crispan el puño y le dan voz a la denuncia, al coraje, al desafío.
“Muchos criminales más antiguos y modernos
han incendiado en llamas el averno
el diario acontecer de lo imprevisto
edificios orfanatos y viviendas
holocaustos de guerra de infamia y de venganza
En mi espíritu dolido y libre
en mi cuerpo de ave que muere y resucita
ha quedado la impronta del veneno
de las flamas
el aroma nauseabundo de la carne incinerada
la angustia y los dolores de la piel ardiente
y las llagas perennes de la humillación
en los ojos vendados de la incertidumbre
y el ocre color del óxido de hierro
incrustado en el rostro de roca
del que toma la antorcha
y la convierte en relámpago de muerte
para entristecer a mundo.”
Y al final. Al final. La revelación, la condena, la gran verdad de la caída de los mundos, los nuestros, porque el hombre, la humanidad, ha perdido el rumbo, se ha deshumanizado y se aproxima al incendio, a las llamas, a la extinción de ser humano, aunque el hombre prevalezca en los caminos de los siglos. El ave mítica y el poeta así lo dicen, lo consignan, lo firman con índice flamígero en el penúltimo canto del poemario.
“Al final vi precipitarse conmigo
hacia el fuego
al corazón de mundo
En a visión vi a la humanidad
hecha ceniza
Fue vano el esfuerzo del luchar
contra el destino
Invoqué desesperado
a las fuerzas del espacio
y de todo el universo
Solo Nadie y Nada escucharon mi lamento
A punto de tocar fronteras con las llamas
una bandada de tordos renegridos
surgió en el horizonte
escapando de la lluvia
Un águila
oteaba su alimento
y un halcón en vuelo sostenido
husmeando la pelusa de un ratón
iba en picada hacia las flamas
Pensé en salvarlo de arder
en el infierno.”
A modo de colofón, de tropo concluyente, la narrativa poética cierra el círculo del gran poemario con la contundencia letal propia de la consumación de la profecía y, por eso, “escrito está”.
“¡Toma mi ala!”
-le grité-
“Te ayudo a volar
estás cayendo!”
“Eres el Ave Fénix!”
-su respuesta airada-
“¡Si tus plumas toco
me condena el fuego!”
Huyó veloz
Y al salir huyendo…
¡que lo alcanza el rayo!
Memorias del Fénix es un poemario que se puede leer en un suspiro y se disfruta la vida entera. Obra brillante de un autor que conoce profundamente de lo que habla y lo que allí trata; escritor y pensador que no escapa a la realidad y que se compromete con su ejercicio, el poético, lo que, sí, lo tiene ya en el parnaso del poeta consumado. Él, José Herlindo Velázquez Fernández, el oriundo de la Ex Hacienda de Curimeo, avecinado desde hace décadas en Salvatierra, es el creador laureado en Madrid, España, por el Grupo Editorial Sial Pigmalión.
Memorias del Fénix es el poemario de hondo aliento que hay que leer, releer una y más veces para encontrar novedades en cada lectura. Ni más, ni menos. Así sea.




