Obra Martina y los hombres pájaro llega a Uruapan con historia migrante
MORELIA, Mich., 10 de septiembre de 2026.- Durante el siglo 19 existió una costumbre que hoy podría parecer impensable. Cuando alguien moría, la familia podía llamar a un fotógrafo para realizar un último retrato. El cuerpo era vestido, acomodado y colocado frente a la cámara, algunas veces junto a sus familiares, flores, juguetes u objetos personales. Estas imágenes eran conocidas como fotografías post mortem y durante décadas formaron parte de los rituales de despedida en distintas partes del mundo.
Estas fotografías no surgieron como una práctica relacionada con el morbo. Su principal propósito era conservar la imagen de una persona fallecida, especialmente en una época en la que tener un retrato era algo poco común. La Biblioteca Clements de la Universidad de Michigan documenta que la práctica comenzó a extenderse después de la aparición del daguerrotipo en 1839 y continuó hasta las primeras décadas del siglo 20.
El contexto de la época ayuda a entender por qué llegó a ser tan importante. Durante el siglo 19, la mortalidad infantil era muy elevada en numerosas sociedades. Enfermedades infecciosas, epidemias, falta de saneamiento y la ausencia de tratamientos médicos eficaces provocaban que muchos niños murieran durante sus primeros años de vida. En algunos casos, fallecían antes de que sus familias hubieran podido realizarles un solo retrato. Por ello, una fotografía post mortem podía convertirse en la única imagen que sus padres conservarían de ellos.
La forma de realizar estos retratos dependía de las costumbres de cada familia y de cada región. Algunas personas eran fotografiadas acostadas, mientras otras aparecían sentadas o acompañadas por sus familiares. También era común utilizar flores, velas, juguetes, libros, mascotas y otros objetos personales para construir la escena. En muchas fotografías se buscaba que el fallecido pareciera dormido, una representación que permitía mostrar la muerte de una manera menos dolorosa y más serena.

La práctica también dio lugar a diferentes tradiciones alrededor del mundo. En México, por ejemplo, los retratos de niños fallecidos fueron conocidos como la muerte niña. El Instituto Nacional de Antropología e Historia documenta que estos pequeños eran llamados angelitos y que sus fotografías podían mostrarles vestidos de blanco, rodeados de flores y elementos religiosos. Estas imágenes formaban parte de una tradición en la que la muerte infantil era interpretada desde una perspectiva profundamente religiosa.
Con el paso del tiempo, la fotografía post mortem fue desapareciendo. Las cámaras se hicieron más accesibles y fotografiar a los seres queridos mientras estaban vivos dejó de ser algo excepcional. Al mismo tiempo, los avances médicos redujeron progresivamente la mortalidad infantil y cambiaron la manera en que las familias enfrentaban la enfermedad y la muerte. También se transformaron los funerales y los espacios donde ocurrían los últimos momentos de una persona.
Hoy, estas fotografías pueden resultar perturbadoras porque nuestra relación con la muerte es muy diferente. Sin embargo, para quienes las encargaban, aquellas imágenes representaban una manera de conservar la memoria de alguien que había partido. En una época en la que una familia podía tener muy pocas fotografías, un último retrato podía ser la única imagen que mantuviera vivo el recuerdo de una persona durante generaciones.




