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MORELIA, Mich., 27 de mayo de 2023.- “Las complicaciones de la calle se revelan en las comisuras de la banqueta, como si respiraran a través de las raíces invisibles del pavimento roto, en una suma feroz de cicatrices que se realizan ante los ojos por la complicidad del tiempo y los peatones”.
Así de intenso, así de contundente pie poético de “Raíces Bajo las Rocas”, el libro de Ernesto Adair Zepeda Villarreal, poeta texcocano, que fue presentado por el bardo y editor Ramiro Rodríguez, bajo la arboleda literaria de la Biblioteca Pública Morelia 450 Aniversario y en las páginas más sonoras y sorpresivas del XVII Festival Internacional de Poesía “Palabra en el Mundo”.
En Raíces Bajo las Rocas el joven creador asalta lo más prosaico y rutinario de una ciudad, la suya, y la tuya, y la mía, y la de todos, para estructurar una prosa poética sin fisuras, sin cojeras, armoniosa y bella. Hace del asfalto, las oxidaciones de la memoria, lo huidizo del espasmo y los tropiezos del entendimiento una entrega fresca y vibrante, acogedora y pertinaz, por eso dice:
“Hay días en los que odio la simpleza de la ciudad, su poco anhelo de crecer como una urbe y desparramarse sobre la tierra como una flor embrutecida por la complejidad. Camino en una dirección y otra, fiel a las muescas de los caracoles incrustados en los templos por debajo del asfalto, y me pierdo en la tranquilidad de su insípida rutina”.
Su poesía en prosa, según la calificó Ramiro Rodríguez, rompe con todas las formas poéticas, géneros literarios y a la vez es eternamente fiel a ellos, porque el verso y la metáfora, el tropo, el ritmo, la musicalidad y el hálito poético están inmersos, entrelazados, y le dan estructura de narrativa, poesía y drama, pero nunca de tragedia, porque su propuesta es la fuga y el retorno, el cambio y la renovación, lo efímero y lo eterno.
Raíces Bajo las Rocas se lee de un solo jalón. En unos cuantos minutos, es un libro breve pero inmenso, tenue pero contumaz, silencioso pero estruendoso. Es una barcarola que transita entre la bruma de la ensoñación y la realidad. Es, en suma, un poemario de renovada esencia, que convoca y convida a fijar la mirada, el asombro y el éxtasis en las pérdidas y ganancias del entorno nuestro y de todos. Y sí, él lo afirma:
“Quizá por eso temo tanto al exilio, al cambio, a salir y encontrar algo nuevo que me arranque de lo que conozco, de lo que también soy, y que amo. Pienso en la ciudad y no es la geografía lo que invoco, son las fragmentadas horas pasadas junto a alguien que me clavan al suelo, son las sombras vistas de reojo de las que nadie puede echar mano”.
Y sí, como lo precisó Ramiro Rodríguez, a la poesía en prosa de Ernesto Adair Zepeda Villarreal nada hay que le falte, porque el poeta eligió cuidadosamente cada una de las palabras, revisó con bisturí cada atisbo, asomo y guiño de la ciudad que lo habita, que lo transita y que lo puebla a su entero antojo y apasionada entrega. Por eso hace de sus interrogantes afirmaciones sin parangón, sin dudas, con la estética de la belleza, todo desde una aparente simplicidad que agarra y embelesa:
“Has visto alguna vez cuando llueven las flores de las jacarandas? ¿Has visto el suave tapete morado que duerme bajo la piedra negra? ¿Has visto las castañas y el cielo desprenderse de la rama? Yo lo he hecho. He visto el plumaje de las aves florecer en una guirnalda luminosa que se consume por la tierra y el silencio que precede a todo ello”.
Y yo, también, he visto a un poeta expender su vocación de infinitud en la Bibliotequita del Bosque. Y lo han visto muchos otros poetas y, todos, hemos quedado absortos por lo que Raíces Bajo la Roca sugiere como heraldo de luz. Así sea.




