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MORELIA, Mich., 8 de junio de 2026.- Entre los tesoros mejor resguardados del templo de Nuestra Señora del Carmen se encuentra un fresco del siglo XIX, una obra de autor anónimo que permanece en una de las capillas del recinto, inspirada en Que bien sé yo la fonte, uno de los poemas místicos más conocidos de San Juan de la Cruz, religioso, poeta y doctor de la Iglesia.
El fresco es único en Michoacán, pero no en el país.
Abarca una pared de la sacristía, pero la de Nuestra Señora del Carmen, no muestra daños a simple vista. Y, a esta la custodian otros frescos con pasajes de la pasión de Cristo y carmelitas.
La escena principal del fresco muestra a los dos fundadores de la orden de los Carmelitas Descalzos, arrodillados sobre nubes, cada uno sosteniendo un cáliz de oro, con lo que se presume el autor simbolizó la participación de los frailes en el sacramento. Detrás de ellos, ángeles portan un birrete y una pluma, elementos que aluden a la importancia de los escritos que legaron a la tradición espiritual de la orden.
También incorpora además las figuras de san Elías y san Pedro Tomás, personajes vinculados a la historia y espiritualidad carmelita.
En la parte inferior también se observan representaciones de la flagelación de Cristo y de Jesús cargando la cruz rumbo al Calvario.
“En el mismo templo del Carmen de San Luis, en el camarín de la Virgen, —y del mismo autor— existe otra pintura que muestra una fuente eucarística y a los siete sacramentos promovidos por el Concilio de Trento. Este lienzo pendía del muro principal de la sacristía al igual que el de Morelia”, asegura el historiador Victor Cruz Lazcano, en su artículo, El patronato del Santísimo Sacramento sobre la comunidad de carmelitas descalzos de San Luis.
La Fuente Eucarística…
Que bien sé yo la fonte fue escrito durante el encierro que sufrió en Toledo, España, en el siglo XVI, periodo en el que desarrolló algunas de sus reflexiones espirituales más profundas.
“fue compuesto en las amargas circunstancias del cautiverio toledano, donde el poeta místico permaneció secuestrado por espacio de nueve largos meses (desde principios de diciembre de 1577 hasta mediados de agosto de 1578) en lo que eufemísticamente se ha llamado cárcel, pero que en realidad no era otra cosa que el «hueco de una pared», un zulo que «tenía de ancho seis pies y hasta diez de largo, sin otra luz ni respiradero sino una saetera en lo alto, de hasta tres dedos de ancho, porque, como se había hecho para retrete de esta sala en que poner un servicio cuando aposentaban en ella a algún prelado grave, no le habían dado más luz»21, y en unas condiciones inhumanas, de absoluta incomunicación, física y espiritual, pues se le privó incluso hasta del consuelo de celebrar la misa”, describe la biblioteca virtual Miguel Cervantes de Saavedra sobre este personaje.
A partir de aquel encierro, la obra de San Juan de la Cruz cobró popularidad en el llamado renacimiento español o Siglo de Oro.




