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MORELIA, Mich., 17 de septiembre de 2026.- Hace aproximadamente cuatro millones de años, un ajolote nadaba en un enorme lago que cubría parte de lo que hoy es Hidalgo. Aquel mundo estaba formado por montañas, agua dulce y una gran diversidad de plantas y animales. Entre peces, insectos y otros organismos acuáticos vivía un pequeño anfibio cuyo linaje todavía tiene representantes en México, pero cuyos restos permanecieron enterrados durante millones de años hasta revelar una especie desconocida para la ciencia.
El hallazgo corresponde a Ambystoma quetzalcoatli, una nueva especie de ajolote fósil descrita por los investigadores Jorge A. Herrera-Flores y María Patricia Velasco-de León en un estudio publicado en mayo de 2026 en la revista científica Palaeontologia Electronica. La investigación señala que se trata del registro más antiguo conocido del género Ambystoma en México y que algunos de los ejemplares recuperados conservaron esqueletos completos y articulados, una condición excepcional para estudiar a estos anfibios.
Para entender cómo era la vida de este ajolote hay que viajar hasta el Plioceno tardío. En Santa María Amajac, municipio de Atotonilco el Grande, existía un lago de aproximadamente 85 kilómetros cuadrados, formado cuando el río Amajac quedó temporalmente bloqueado. Sus aguas reunían una comunidad diversa de peces, insectos, algas, diatomeas y otros organismos, mientras que alrededor crecían distintas plantas. El registro fósil de la zona revela que aquel lago fue hogar de una biodiversidad muy diferente a la que actualmente encontramos en Hidalgo.
En ese ecosistema vivía Ambystoma quetzalcoatli, una especie que los científicos pudieron identificar gracias a las características de sus huesos. Los fósiles fueron recuperados en el sitio de Sanctorum y posteriormente comparados con especies actuales y fósiles del género Ambystoma. Para conocer con mayor precisión su anatomía, los investigadores también recurrieron a tomografías computarizadas. La combinación de sus características permitió determinar que aquellos restos no pertenecían a ninguna especie conocida.
Una de las diferencias más llamativas estaba en su columna vertebral. A. quetzalcoatli tenía 17 vértebras en la región del tronco, mientras que otras especies del género presentan entre 14 y 16. Su cráneo también tenía características particulares y el animal conservaba rasgos juveniles durante su desarrollo, una condición conocida como paedomorfosis que también aparece en algunos ajolotes actuales. Esta característica está relacionada con la capacidad de permanecer en ambientes acuáticos conservando ciertos rasgos propios de etapas tempranas de desarrollo.

Aunque pertenecía al mismo género que el famoso ajolote de Xochimilco, Ambystoma mexicanum, el fósil corresponde a una especie diferente. Los investigadores consideran que A. quetzalcoatli estaba relacionado con especies que actualmente habitan el centro de la Faja Volcánica Transmexicana y posiblemente formaba parte del grupo de las salamandras tigre. Su nombre también tiene un vínculo con la cultura mesoamericana, pues “quetzalcoatli” hace referencia a Quetzalcóatl, mientras que el estudio relaciona el término “axólotl” con Xólotl, figura de la mitología mexica vinculada a esta deidad.
El descubrimiento amplía la historia conocida de los ajolotes en México y convierte a Ambystoma quetzalcoatli en una pieza importante para comprender la evolución de este grupo de anfibios. Pero el antiguo lago de Santa María Amajac todavía conserva información sobre otros habitantes de aquel ecosistema, cuyos fósiles continúan siendo estudiados. Cuatro millones de años después, los restos de este ajolote permiten reconstruir un mundo desaparecido y demuestran que la historia de los Ambystoma en México se remonta mucho más atrás de lo que hasta ahora podía contarse.
Enlace de la fuente: Ambystoma quetzalcoatli, un ajolote fósil de México




