Palacio Clavijero, patrimonio histórico de más de 4 siglos en Morelia
MORELIA, Mich., 6 de abril de 2026.- Conocida por supuestamente haber influenciado en la separación de Los Beatles, Yoko Ono es una artista conceptual desde los mismos orígenes del arte conceptual, que contribuyó a que el performance y el happening se instituyeran como prácticas artísticas.
Nacida en Tokio el 18 de febrero de 1933, Yoko Ono creció entre Japón y Estados Unidos, con estancias en ciudades como Tokio, San Francisco y Nueva York. Desde niña recibió formación en arte, así como clases de piano y de canto. En 1945 sobrevivió al devastador bombardeo de Tokio, experiencia que marcaría profundamente su pensamiento pacifista.
En su juventud ingresó a la Gakushūin University en Tokio, donde fue la primera mujer en estudiar filosofía, acercándose a corrientes como el existencialismo y el marxismo. Sin embargo, abandonó sus estudios para trasladarse a Nueva York, donde continuó su formación en el Sarah Lawrence College, enfocándose en composición y poesía.
Ya inmersa en el ambiente artístico neoyorquino, Yoko Ono se vinculó con figuras de la vanguardia como John Cage, Morton Feldman, David Tudor y Merce Cunningham. A finales de los años cincuenta ya se presentaba ante públicos reducidos, consolidándose como una artista independiente con propuestas innovadoras. Sin embargo, no fue hasta la década de los sesentas cuando su obra profundizó en el cuestionamiento de las fronteras entre el artista y el espectador.

En este periodo desarrolló piezas basadas en instrucciones dirigidas al público. En Pintura para ser pisada (1960), invitaba a los espectadores a pararse sobre el lienzo, desafiando la idea del arte como objeto intocable y replanteando la relación entre obra y audiencia.
Estos mismos cuestionamientos aparecen en Pintura para martillar un clavo (1966), donde pone a disposición de la audiencia martillo, clavos y lienzo para que intervenga directamente, transformando la pieza en un proceso colectivo y en constante evolución. En estas piezas, a pesar de que las audiencias no se animen a pisar, martillar o alterar la obra durante su visita, la posibilidad de hacerlo es suficiente para activar el mecanismo del diálogo.
Otra de sus piezas emblemáticas es Árbol de los deseos (1966), una instalación participativa en la que el público escribe deseos y los cuelga de las ramas de un árbol, convirtiendo la obra en un espacio vivo de expresión colectiva que puede ser replicada en cualquier parte del mundo.

En Juego de ajedrez blanco (1966) nos presenta un ajedrez completamente blanco, sin piezas negras, de manera que los asistentes puedan sentarse a jugar una partida y, a medida que esta transcurre, vayan olvidando de quién es cada pieza. Así, no solo presenta una pieza interactiva donde nuevamente permite desacralizar la figura del artista, sino una reflexión antibélica al eliminar la distinción entre bandos.
En fechas recientes, en Para ver el cielo (2015) invita a los visitantes a atravesar una escalera en espiral instalada a mitad del Museo de Arte Moderno para contemplar el cielo, integrando la experiencia personal como parte esencial de la obra. Sin embargo, a medida que los espectadores suben o bajan por ella, se dan cuenta de lo inestable que es la instalación y el peligro que viene con la experiencia estética.
Así, el arte de Yoko Ono invita a jugar ajedrez, pedir un deseo y observar el cielo. Se distingue por concebir el arte como una experiencia inacabada, que requiere de la intervención del espectador, ya sea en acciones o en pensamientos, no solo para completarse sino para existir.




