Obra Martina y los hombres pájaro llega a Uruapan con historia migrante
MORELIA, Mich., 6 de abril de 2026.- En una época en la que las mujeres estaban sujetas a normas rígidas de comportamiento, Tamara de Lempicka conducía autos deportivos, organizaba fiestas lujosas y vivía su sexualidad con libertad. Retratando en sus obras este estilo de vida, durante un periodo de incertidumbre ocasionado por las guerras, se convirtió en el referente por excelencia del Art Decó.
Nacida en 1898 en Varsovia, en Polonia, dentro de una familia acomodada, recibió una educación refinada que incluyó idiomas, modales y viajes. Fue en Italia donde desarrolló su fascinación por el arte del Renacimiento, influencia que se reflejaría en su obra. En su afán por mantener su vida de privilegios, contrajo matrimonio con un abogado que le garantizaba la estabilidad económica a la que estaba acostumbrada. Sin embargo, en 1917 tras el estallido de la Revolución Rusa se vio forzada a huir a Francia.
Una vez que se asentó en París, se formó en academias de arte con maestros como Maurice Denis y André Lhote, donde desarrolló un estilo propio que retomaba elementos del retrato manierista y formas del movimiento cubista.
En la década de los veintes, ya con un lenguaje plástico consolidado y una cartera de contactos adinerados, se convirtió en una retratista ampliamente solicitada por las élites de la sociedad parisina. En 1929, contrajo matrimonio con un barón húngaro, lo que la llevó a inmiscuirse en una vida repleta de orgías, cocaína y lujos, hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial, misma que la llevó a emigrar a Estados Unidos, donde su obra perdió protagonismo frente a nuevas corrientes artísticas.
Sin embargo, durante el periodo de entreguerras, Tamara de Lempicka capturó en sus lienzos el glamour, la sofisticación y la modernidad de su tiempo. Su obra se caracteriza por figuras de rasgos estilizados y andróginos, composiciones geométricas y un uso de luces y sombras que remite al Renacimiento.

En piezas como Grupo de cuatro desnudos (1925), hace una interpretación del Baño Turco de Dominique Ingres (1862) y Las señoritas de Avignon (1907) de Pablo Picasso, pero desde una mirada propia. A diferencia de sus referentes, en su obra los personajes, mujeres en una escena erótica, pasan a ser objetos del deseo de los hombres a seres deseantes por sí mismas.
Esta línea de desnudos, en la que frecuentemente utilizaba como modelos a sus parejas, tanto hombres como mujeres, fue constante en su obra. Un ejemplo es La bella Rafaela (1927), donde presenta un cuerpo desnudo con una paleta de tonos sombríos, interrumpida por los rojos intensos de los labios y la sábana.

Sin embargo, la pieza por la que es reconocida dentro de la Historia del Arte es Autorretrato en un Bugatti verde (1929), donde se representa al volante de un automóvil, enfundada en cuero, proyectando una imagen de independencia, poder y modernidad. Así, el automóvil aparece como símbolo de emancipación en una era dominada por la industrialización y el patriarcado.





