La inadmisible matanza de camellos en Australia, nuevamente nos mueve la conciencia para sumarnos a una expresión colectiva de repulsa, rechazo y desprecio a una decisión por demás sanguinaria, alevosa, fuera de todo sentido común y que finalmente, auto denigra la condición humana. El pretexto –como siempre- agrede la inteligencia. Resulta que en ese país han decidido matar a miles de camellos disparándoles desde helicópteros, para evitar que sigan compitiendo por el agua, lo cual hacen estos animales a través de ingresar a los asentamientos humanos y buscar en diversos sitios como los equipos de aire acondicionado o en depósitos para consumo humano, dada la terrible sequía que afecta a esa nación.
Una vez más como lo ha sido el caso del exterminio de canguros, jabalíes, conejos y liebres en ese mismo país o la matanza también sanguinaria y alejada de toda razón, de focas y lobos marinos en países que se consideran del primer mundo o la aristocrática fiesta brava que se basa en la valiente y heroica lidia de toros preparados para divertir a las masas o los combates entre aves que son tan populares en nuestro país o la cacería de felinos salvajes en África, esta singular determinación debe llamar nuestra atención y provocar un movimiento internacional para poner fin a una acción que por el lado que se le quiera ver, no tiene lógica, ni justificación.
Los camellos sacrificados de esta absurda manera son abandonados a campo abierto para que sus despojos sean devorados por aves rapaces. En todo caso, si estos animales salvajes que los propios australianos introdujeron hace un par de siglos a sus territorios, se han convertido en una plaga o amenazan la tranquilidad de los habitantes de las comunidades rurales, habría que buscar una salida menos sanguinaria y más acorde a las necesidades alimenticias de un mundo que padece una brutal hambruna, derivada también de la sinrazón de las decisiones de los países poderosos, entre los cuales justamente se encuentra ése.
Más allá de entrar en estimaciones técnicas más precisas, es lógico calcular o suponer que miles de personas podrían haberse alimentado con la carne de esos animales. Información publicada esta misma semana señala que “la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) está distribuyendo 100 toneladas de carne de camello durante el mes de ayuno del Ramadán a los refugiados saharauis en los campamentos de Argelia en el marco del programa de ayuda bilateral de envío de alimentos frescos que está realizando en este país”. ¿No hubiera sido una alternativa más razonable para resolver el problema de los granjeros australianos y el de los famélicos habitantes de estos países africanos? Tan solo con esta acción, los españoles habrán de beneficiar a unas 125 mil personas, para lo cual han destinado un presupuesto de 250 mil euros. En este caso, se mezclaron dos factores. Tanto la carencia de alimentos, como la importancia para los musulmanes de comer carne de camello en ocasión de la celebración del Ramadán.
Retomando la magnitud de la “masacre consentida”, es de abundar en el sentido de que los australianos están dispuestos a sacrificar un total de 650 mil camellos, además de entre 6 y 8 millones de canguros a través de un programa de “caza deportiva” basado en la participación principal de tiradores de origen norteamericano. Asimismo, sus acciones de control de lo que ahora es para ellos “fauna nociva”, incluye exterminar unos 200 millones de conejos mediante la diseminación de un virus letal creado específicamente en el laboratorio. Igual suerte correrán unos 24 millones de raposas rojas que sufrirán el efecto de venenos, así como varios millones de jabalíes que igualmente verán la muerte luego del consumo de sustancias igualmente letales.
Irónicamente, mientras todas esas toneladas de proteína de origen animal se dilapidan mediante la salvaje muerte de animales “salvajes”, miles de seres humanos en todo el orbe sufren por la falta de alimentos. Las organizaciones de la sociedad civil no alcanzan a incidir significativamente en estos temas. Hay algunas asociaciones proteccionistas de la fauna cuya acción ha sido todavía marginal. Hoy el llamado debe ser colectivo y masivo. Es nuestro deber ético y moral que nos pronunciemos por un alto total a estas sanguinarias medidas y además, que se exija, si no hay otra salida más que el control de los excedentes de población de estas especies animales, que se haga una matanza eutanásica y que sus productos y subproductos se aprovechen en programas internacionales de ayuda alimentaria para países en situación de hambruna. Si Australia no cuenta con la infraestructura de sacrificio necesaria, bien podría pensarse en el traslado de estos animales a otros países. Pellizcándole un poco a los recursos destinados a la guerra, podrían lograrse enormes avances en estos temas. Además, la implementación de todo este esquema, obviamente generaría oportunidades de empleo que harían mover la economía de varias naciones que también carecen de esas opciones y alternativas.