Fernando Hernández G. / Quadratín
MORELIA, Mich., 1 de septiembre de 2010.- El conflicto en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo –que se vivió la última semana y culminó con la devolución de las instalaciones– trascendió a todo el país como un acto más de intolerancia contra una de las instituciones de mayor tradición en México y, en sí, contra la calidad educativa, en detrimento de la formación de quienes, se supone, tomarán las riendas del estado o la nación misma en un futuro cercano.
Llama la atención que esta crisis afectara, entre otras dependencias, a la Facultad de Medicina, a causa de los espacios que la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL) reclamaba para aspirantes que no acreditaron el mínimo requerido para ingresar en la prueba de conocimientos aplicada por Ceneval, una institución que se ha consolidado en la elaboración de exámenes de ingreso en la mayoría de las universidades y planteles públicos en que se imparte educación superior.
Más allá de que los gobiernos federal y estatal deben esmerarse por canalizar mayores recursos a las universidades públicas para ampliar la cobertura de michoacanos que egresan de bachillerato –aunque allí llegan grandes cantidades de aspirantes de entidades vecinas y de otras más al sur–, la enésima toma de instalaciones de nuestra Alma Mater exhibe la pobreza de miras de un CUL más preocupado en mantener su membrecía para seguir presionando a Rectoría, que en contribuir a una sólida formación de los jóvenes que dice abanderar.
Aunque nunca faltó disposición de la Rectoría para poner fin al embrollo que afectó las actividades docentes y de investigación que se practican en diversos campus –como se demostró al ofrecer a los rechazados la posibilidad de matricularse en carreras afines al área de salud–, sí fue evidente el deseo de la CUL para entrampar las negociaciones que obstaculizaron el regreso a clases y, también, que hubo allí otras manos que mecen la cuna, como revela la encuesta de Quadratín.
La sociedad michoacana no puede seguir permitiendo que su máxima casa de estudios siga siendo carne de cañón de intereses políticos y de grupo que no hacen más atentar contra su recurso más valioso: sus hijos.
Con o sin CUL debe regularse la matrícula de carreras tradicionales, no sólo de medicina cuyo mercado laboral está saturado en zonas urbanas, aunque hagan falta médicos en localidades apartadas y de difícil acceso.
Nadie que actúe de buena fe quiere que de las aulas universitarias egresen profesionistas condenados a engrosar las filas de desempleados o de ciudadanos que se frustran porque, pese a su título universitario, acaban de taxistas, oficinistas, vendedores de puerta en puerta, candidatos a inmigrantes o, en casos peores, de integrantes de estructuras delincuenciales.
¿Qué clase de galenos formará la UMSNH cuando existen organizaciones como la CUL que más que calidad reclama espacios para toda su clientela en la Facultad de Medicina? ¿Quién se arriesgará a ser intervenido en un quirófano por un facultativo cuya formación académica se vio interrumpida por paros una y otra vez?
Medidas como el examen de admisión aplicado por el Ceneval son la primera acción para cerrarle el paso a la mediocridad y salvar del desprestigio a una institución orgullo no sólo de Michoacán sino de México, porque en sus aulas forjó a grandes próceres y ya tienen casi un siglo impartiendo carreras universitarias, que ahora se extienden a programas de posgrado.
La posición de la rectora Silvia Figueroa Zamudio de no ceder a que se amplíe la matrícula de la Facultad de Medicina es encomiable, no sólo porque conlleva evitar la pérdida de la acreditación, sino algo más importante: recuperar el renombre de la Universidad Nicolaita.