El Mundial y la gloria/Mateo Calvillo Paz

08:44:52 19-07-2010

Mateo Calvillo Paz / Quadratín

SECCIÓN: Analistas



Dios creó al hombre para una fiesta, infinitamente más bella que el Mundial de futbol. Ahí tiene reservados, para todos los que quieran jugar como los campeones, el gozo y la gloria verdadera y eterna. El deporte es una realidad polivalente y hondamente humana. El mundial, con sus transmisiones, ¿Anima a practicar el deporte o distrae y apaga el dinamismo de los chicos? ¿Calma la sed de triunfo con la gloria de otros? La gloria de España no es la gloria de México, el éxito de Villa no es el de cada uno de los mexicanos. La realidad virtual, el espectáculo que ofrece la televisión no puede suplir la realidad objetiva, el mundo real donde realizamos nuestras propias hazañas en el deporte y en todos los órdenes. El espectáculo es para despertar el dinamismo de la realidad, pero el hecho es que con frecuencia nos lleva a refugiarnos en la fantasía, nos enajena y adormece. Los papas han reflexionado sobre el tema del deporte. Pío XII: resaltaba su valor para tener mente sana en cuerpo sano. “El deporte – señala Benedicto XVI obliga al hombre a disciplinarse de modo que adquiere la disposición sobre sí mismo”. Además, los jugadores pasan a ser símbolos de la propia vida… las personas se ven representadas y confirmadas a sí mismas en ellos” (citado por Monseñor Carlos Suárez Cázares en su homilía del domingo de la final del Mundial). Cómo necesita hacer ejercicio un país que es campeón mundial en obesidad de niños y no sólo de niños. No sigue al Mundial una fiebre de hacer deporte de las multitudes, no se les ve multitudes corriendo, emulando las proezas de los campeones mundiales, de Iniesta, Bommel, el portero de Portugal, “Chicharito” Hernández, Diego Forlán.. La transmisión del Mundial nos hace reflexionar sobre el fenómeno de la comunicación y el espectáculo que se han convertido en una seudo religión. Con sus espectáculos, la televisión y otros medios crean una seudo religión. Se embellece la realidad cotidiana, se la convierte en una especie de culto, con sus “ídolos”, signos, pontífices celebrantes, profetas, a veces malos como algunos locutores que narraban los partidos.. El campeonato mundial de futbol se convierte en la fiesta patronal del planeta convertido en aldea global, en la que participan millones y millones de fieles a través de la señal de los medios. Alguien decía: el deporte nos une, desaparecen las divisiones. Celebran y aclaman juntos los de derecha y los de izquierda, los creyentes y los ateos, los negros (presentes ya en casi todas las selecciones de futbol) y los blancos. Muchos hacen peregrinaciones muy largas y costosas hasta los santuarios, los estadios. Se busca la gloria después de al competencia la gloria más grande. Aun olvidan o fingen olvidar que la gloria del Mundial es efímera y nos es para todos, sino para un solo equipo, los demás, ¿con qué se quedan? Acarician el vacío, se llenan de ilusiones vanas, pretenden llenarse con la gloria ajena y su sed de gloria renace terrible e insatisfecha. El partido de futbol es como una celebración grandiosa, festiva, ruidosa más que musical. La describimos inspirados por Michel Qoist que describe un partido de futbol que debió ser en el estadio de Paris Saint Germain, en su libro Prières, Oraciones… El ambiente es festivo, lleno de entusiasmo, la alegría se desborda con los gritos y aclamaciones. Hay expectación que estalla en un grito de júbilo cuando los oficiantes, los jugadores saltan a la cancha. El árbitro, con un gesto conocido de su brazo y con un silbatazo da inicio a la ceremonia. La noche luce siempre radiante y clara bajo la bóveda del cielo y con la intensa iluminación de los reflectores. Ante la mirada de una asamblea multitudinaria, cuarenta mil personas en el estado Morelos, los juzgadores realizan sus movimientos bien establecidos por el maestro de ceremonias, el entrenador. Se ven movimientos como rituales, esforzados, geniales, rayando en lo sublime, provocando la admiración y los gritos de la multitud, llevan entre todos, en una procesión relampagueante los ofrenda del balón hasta depositarlo en la redes y transformarlo en el tanto de la victoria y el entusiasmo delirante de la asamblea que automáticamente estalla en un grito de júbilo levantándose en las graderías. El tiempo de lucha se transforma en tiempo de victoria. No faltan los pecados de conductas violentas y antideportivas que pueden ir hasta la expulsión que es la excomunión, la separación de la fiesta del partido y de la comunión con el equipo y los aficionados. Hay que vencer al enemigo que es astuto y hábil, tiene muchas jugadas para arrebatar la victoria y llevar a la condenación de la derrota que apaga el entusiasmo y hace caras largas con muestras de enojo. Hay que ser fieles e ir de victoria en victoria hasta el final, hasta conseguir ser campeones y tocar con la frente las estrellas. Así lo imaginan los fanáticos. Los medios crean sólo una especie de religión figura vaporosa de la religión de Jesucristo que es algo más grandioso y esplendoroso, es un mundo de realidades más bellas y verdaderas, donde el hombre se eleva a una vida celeste de gozos más grandes y cósmicos. Las glorias deportivas son figura del cielo nuevo y de la tierra nueva, de la vida con nada terrenal comparable, obra del más grande campeón que hizo triunfar sobre la muerte la vida inmarcesible de la resurrección. Ahí alcanza el hombre la corona de la gloria, que desborda los corazones y los hace plena y definitivamente felices, ahí todos pueden alcanzar la victoria final, verse galardonados por la gloria propia. Es una experiencia más fuerte y profunda, en el mundo de las realidades definitivas. La gloria del cielo es la celebración festiva más grande, plena, eterna, ante las multitudes de ángeles y santos, con el Señor de la creación y el gozo sentado en el palco de la gloria, aún más en el trono de la gloria. Cada uno es triunfador, como Iniesta que levantó el trofeo; eleva su propio copa que llena los más hondos deseos humanos y que no se marchita nunca. El cielo es una experiencia de gloria tan plena y bella que haría morir de júbilo al alma si no fuera inmortal. La vida humana tiene una dimensión religiosa, increíblemente bella que no se satisface con sucedáneos, con placeres terrenales con matices celestes, con brillo vano y efímero, al corazón no se le engaña.. La sed de Dios sólo la sacia el Dios verdadero de Jesucristo.