De niño viví en una patria unida, grandiosa, todo proyectaba esa imagen, daba ese ambiente. O era una mirada inocente y positiva la que percibía así las cosas. La amé hasta tener sueños heroicos y estar dispuesta a dar la vida por mi patria.
No entiendo a los grupos y facciones que forman pequeñas islas en el gran país que trabajan al margen, contra la patria, que tienen como meta real engordar su pequeña o grande facción con sus metas mezquinas.
No sé si engañan a sí mismos, sólo les interesa el poder, riqueza y gloria para su elite, su ghetto.
Quisiera seguir soñando que el conjunto de la nación mexicana sigue unida que sólo ve desgajados grandes bloques de los grupos políticos, gremiales, étnicos, como los pedazos de monte desgajados con las lluvias.
Es desgarradora la división que introducen los grupos facciosos y la apatía y desinterés de las mayorías.
Es más doloroso descubrir que la división ha formado barrancas muy hondas que llegan hasta el corazón mismo y los orígenes del México independiente.
Me parecen una realidad absurda, kafkiana las polarizaciones, descalificaciones y desapariciones de los adversarios que se nos informan en los noticieros de parte de las izquierdas, centro y derechas. Como las reacciones que provoca el llamado a la unidad del jefe de los mexicanos. La jefa de un grupo opositor lo descalifica y no es difícil ver detrás el conjunto de intereses de un partido bien conocido desde hace como 80 años. Es difícil de soportar la vista de tantos jaloneos para ganar el poder en las elecciones. Quieren el poder y sabemos para qué, aunque ellos pretenden ignorarlo. Son sólo algunas macro muestras de división de la familia mexicana.
Consumada la independencia, quedó México convertido en una olla de grillos, un hervidero de grupos cerrados en sí mismos, a veces antagónicos. Había muchos partidos y, tendencias: monarquistas, centralistas, federalistas.
Es triste constatar que en aquel momento no hay sentido de la unidad y, consecuentemente, no hay amor a la patria. Es el Panorama que describen Alfredo Avila y Erika Pani en Arma la Historia, libro coordinado por Enrique Florescano.
Los años que siguieron se vivió una gran efervescencia de política y armas, de cambios de gobierno de distintas tendencias.
Es vergonzoso que se haya fusilado a Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero quienes habían dado servicios importantes a la causa de la independencia.
La guerra contra Estados Unidos en la que perdimos más de la mitad del territorio se perdió por la división de los mexicanos, por los numerosos grupos políticos, con sus preferencias, intereses, modelos de nación. No son capaces de unirse frente al enemigo.
“En diciembre de 1845, el general Mariano Paredes que debía encabezar el ejército para defender la frontera, se rebeló contra el gobierno (de José Joaquín Herrera). Contaba con el apoyo de varios políticos conservadores como Lucas Alamán…” (obra citada, p. 73).
La mayoría de los mexicanos se encontraba ocupada en sus negocios.
Así se explica la triste situación crítica y miserable de la que no podemos salir.
Con todo, sí podemos cambiar el curso de la historia. Es posible y al mismo tiempo tan difícil porque todo depende de libertad de los mexicanos. Se necesita la conversión de la persona, cambiar la mente, el corazón. Hay que renovar el alma de los mexicanos, para renovar a México necesitamos hombres nuevos.
Se necesita la sabiduría del gran Guía que estaba por encima de la historia y quiso entrar en ella para transformarla, que puso en marcha un mundo nuevo. Hay que vivir sus grandes principios: unidad en la que insiste tanto, el amor a los pobres, su gran mandamiento y el desprendimiento de los bienes materiales, su ejemplo sublime. Se necesita la venida del Espíritu de Dios que con su fuego inflame, transforme, haga nacer el mexicano nuevo.
Más concretamente, ¿qué tenemos que hacer? Cambiar la mente y sus ideas soberbias y locas, el corazón y sus afectos mezquinos, la conducta que se arrastra por las ambiciones de riqueza y poder. Necesitamos ser personas nuevas, libres, capaces de entregar todo.
La patria unida, progresista, feliz es posible, para el hombre habitado por el Espíritu Santo, es posible la nueva creación, la patria que soñamos.