Nuevo héroe de caricatura
Se lo anunciaron todos los sondeos de opinión. Las luces de alerta se encendieron con mucha anticipación pero no quiso, no pudieron ver desde la cúpula panista donde se encuentra entronizado gracias al dedo sagrado de su amigo, el Presidente de México.
Puso oídos sordos, fue peor que el ciego que no quiere ver. Pudo enmendar la plana, escuchar los reclamos de su militancia, cambiar estrategia, incluso mejorar los perfiles de los candidatos a postular, pero le valió un soberano cacahuate.
El resultado esperado por todos -incluso los asesores de Los Pinos- estaba ahí, era palpable. Le señalaron con oportunidad que el descalabro era inminente y ni así salió de su postura soberbia y arrogante, interesado más en organizar su boda y venderla a las revistas de frivolidades rosadas o escándalos farandulescos.
Por eso, lo que todos vimos venir terminó por suceder: La locomotora del PRI arrolló al PAN en la tierra del faisán y del venado, incluyendo la joya de la corona que significa en estos momentos cruciales para la lucha partidista entre ambas fuerzas políticas, Mérida, la capital yucateca que estuvo pintada de albiazul las últimas dos décadas.
Sólo la miopía política de ese bisoño que se dice dirigente nacional del partido que aún detenta el poder presidencial en este país, pudo permitir que soñaran con otros escenarios, que fuera diferente el resultado electoral en una entidad que bien puede marcar el signo de lo qué será el año comicial que tendremos en diversas partes del territorio nacional.
César Nava no quiso ver la realidad, tampoco operó para ganar la elección y los resultados hoy son tan contundentes que únicamente atina a utilizar su derecho de pataleo alegando -sin comprobar- que fueron “víctimas de una elección de Estado”.
Y como cruel paradoja -todo lo que siempre criticaron en el pasado reciente a su amante de ocasión, el PRD o más concretamente, el ala dura del perredismo-, los panistas perdedores han asumido como único camino llamar a la “resistencia civil” en busca de revertir un resultado electoral que, quién lo dijera, fue tan contundente que ni solidez argumentativa dejan para la exigencia del “voto por voto, casilla por casilla”.
Así las cosas, investido ahora en su nueva faceta de PEJENAVA, “salvador de la patria”, el nuevo héroe de caricatura recorre municipios yucatecos y arenga a sus seguidores -aunque no lo crea hay incautos que sí le creen- para que se sumen a las movilizaciones que proyectan para “impedir se consume el fraude electoral”.
Su apuesta, huelga decir, es tratar de encontrar eco en la estrategia del pataleo y los berrinches de lactante voraz, para que los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, revoquen los resultados y se decreten elecciones extraordinarias si no es que se otorguen triunfos no obtenidos con votos.
Y aunque es disparatado pensar que esta acción pueda dar resultados, el mal remedo del eterno impugnante de Felipe Calderón, está convencido que ésta debe ser la tónica a seguir en los comicios que vienen y desde ahora deslegitimar cualquier resultado que sea adverso al binomio promiscuo integrado por PAN y PRD.
En la mente de un “político” como el PEJENAVA puede estar incubando la idea que ésta sea la tónica y que los alaridos redimensionados con el apoyo de su flamante consorte perredista, alcancen decibeles tan elevados que logren el propósito de ganar, aunque sea una de las elecciones que faltan y donde, debe precisarse, hasta este momento los vaticinios son adversos a los amantes de ocasión.
Una película que se repite como lo acontecido en Yucatán, pues todos los sondeos de opinión realizados hasta la fecha dejan en segundo plano -en algunos casos con diferencias abismales de más de 20 puntos porcentuales- a los candidatos de la alianza contra natura que van siendo superados por los del PRI.
Imaginen, amables lectores, el grado de lamentos protagonizados por el orfeón bajo la batuta del PEJENAVA y su consorte por conveniencia, Jesús “Ilegítimo” Ortega, que en eso de hacerla de plañidera no hay quién le gane… pues desde ahora se adelanta que sólo habrá democracia si ganan los “amorosos” de TV novelas.
De lo contrario, las cantaletas de “fraude, fraude, fraude” se repetirán infinitamente porque al paso que van, no atinan cómo detener la marcha arrolladora de una maquinaria que sin detentar el poder presidencial, es acusada de hacer trampa menospreciando eso sí, a todos los órganos electorales ciudadanizados donde concurren las representaciones diversas de los partidos contendientes y, dicho sea de paso, exhiben en calidad de cómplices aun tratándose de sus propios copartidistas.
En vez de afinar esquemas de atracción para que el elector vuelva a creer en el PAN o el PRD -si es que aún hay ingenuos que piensan en principios ideológicos dentro de esos partidos hoy amancebados- se desentienden de la obligación que todo líder que se jacte debe tener. En cambio el camino a transitar es de causar flojera:
Gritar y patalear si se pierde, reconocer el “avance democrático” si se gana.
Conste que el de este año no debe ser un ejercicio a soslayar pues dicho sea de paso será el gran ensayo de lo que vendrá en el 2011 cuando se preparen baterías y enfoquen objetivos de cara a la renovación del poder Ejecutivo federal y todo lo que está detrás de ese “trofeo”.
Mientras tanto podemos adelantar que pasado el domingo comicial y si los sondeos de opinión no varían en materia de preferencias electorales, es un hecho que los “amorosos” que fraguaron el arrebato carnal por conveniencia, terminarán disolviendo su vínculo matrimonial y dar cuenta a sus pocos seguidores -si es que les sobreviven algunos- del fracaso obtenido.
CASO DIEGO, EXCESO DE MEDIOS
Como muchos mexicanos que fuimos alimentados con leche materna en nuestra tierna infancia, nos sentimos indignados por la ola creciente de delitos cometidos por eso que se ha dado en llamar crimen organizado.
Lo mismo es de lamentar que se “ajusticie” a quienes incursionaron en las mafias y fallaron a los cánones del crimen, que las ejecuciones de gente inocente que no pudo cumplir con las exigencias de quienes se han convertido en este país como los auténticos dueños de vida y haciendas.
Por eso es que no debe verse a una víctima por la naturaleza de su trayectoria personal en lo político, deportivo o social. Todos, sin distingo, son casos qué indignan, causan rechazo colectivo y generan pánico, zozobra, estados de indefensión permanente.
Lo acontecido con Diego Fernández de Cevallos es una cuenta más para el largo rosario de atrocidades con que nos sojuzga la criminalidad sin que nadie atine cómo detener, mucho menos contener.
Y no por tratarse de un ex candidato presidencial o, como dicen sus detractores, un hombre con “larga cola qué pisar”, puede ni debe aplaudirse que se regodeen hablando de su trayectoria personal y hasta pretendiendo justificar que su desaparición obedezca a una suerte de “justicia divina”.
Más detestable es aún que haya medios de comunicación como el semanario PROCESO que se regodee en su última edición, dando cuenta de la “historia negra” de una persona que está en manos de sus captores -lo que se desprende por las patéticas fotos difundidas en la Internet- y cuya vida pende del capricho o estado de ánimo de quienes lo secuestraron.
Poco valor puede tener un editor que encarga este tipo de trabajos cuando los familiares del propio Diego Fernández de Cevallos hacen esfuerzos inconmensurables por rescatarlo sano y salvo.
No puede haber argumentación válida que justifique satanizar a alguien que no tiene capacidad de defensa en este momento y mucho menos se aliente a la turbamulta para incitar a juicios sumarios que lleven a pensar que los criminales que capturaron al panista, sean investidos como modernos justicieros de los pobres y desamparados del país.
Si el oficio de informar basado en la investigación que arroje pruebas contundentes e irrebatibles ha sido siempre aplaudido por quienes amamos esta noble y muchas veces ingrata profesión, hoy no podemos ver con buenos ojos que se “enjuicie” a alguien sin capacidad de réplica, mucho menos si se considera que sólo Dios sabe si saldrá con vida de esta pesadilla a que lo tienen sometido sus raptores.
La apología de la violencia ya es un mal generalizado para “vender” en los medios nacionales, por eso mucho cuidado debemos tener si ahora la senda a recorrer sea acusar, enjuiciar y sentenciar, a quienes libran una lucha desigual e indigna, contra poderosos delincuentes.
No es pretensión hacer una apología de alguien como el llamado Jefe Diego y mucho menos caer en la perversa rebatinga de si ha sido o no un hombre probo, sólo fijar una posición desde el lado estrictamente humano de alguien que lleva el periodismo en la sangre por herencia paterna y que cree, está convencido, que no todos los valores están perdidos en esta lucha donde los ganadores van siendo precisamente los que alardean de hacer el mal sin ser castigados.
Vale…