Violencia y odio/Efraín del Castillo

20:23:45 23-05-2010

Efraín del Castillo / Quadratín

SECCIÓN: Analistas



Aunque nos estemos familiarizando cada vez más con ambos conceptos, no podemos dejar de manifestar nuestra inconformidad con la generalización que estamos viviendo y experimentando respecto a estos dos cánceres que amén de tener conmocionada a nuestra sociedad, parecen haber llegado para quedarse por un buen rato en la médula de nuestros propios huesos como tejido social. Durante varias semanas hemos abordado el tema de los abusos sexuales cometidos por clérigos de la iglesia católica y en una de las entregas, nos referimos al ambiente de crispación y de odio que a través de los foros que tienen los medios de comunicación en internet y de las redes sociales, se ha dado respecto a los sacerdotes y a la propia institución eclesiástica. Hablábamos de la sociedad de la gente como forma de catarsis, derivada de la impotencia que provoca el no poder hacer nada o casi nada ante las injusticias. Estos últimos días, se ha apreciado un fenómeno similar respecto al caso de la hija del conocido cantante Alejandro Lora, implicada directamente en un caso de homicidio culposo que la tiene con un pie dentro de la cárcel y al del político panista Diego Fernández de Cevallos, quien hasta el cierre de la edición seguía con carácter de desaparecido. Un rápido repaso de lo que dicen quienes hacen uso de su legítimo derecho en esos mencionados espacios, nos permite apreciar el alto grado de inconformidad de la gente, que haciendo gala de sus palabras más floridas se da vuelo para manifestar su rencor, su resabio, su odio y sus demás sentimientos adversos contra estos dos personajes públicos hoy en desgracia. Nadie en su sano juicio podría regocijarse de que una persona haya sido culpable de un homicidio y mucho menos de que por ello, una familia haya quedado en el desamparo. La legislación vigente contempla penalidades concretas y al parecer, la hija del famoso cantante del Tri, difícilmente podrá librar la privación de su libertad. Sin embargo, la cauda de epítetos parece interminable y más allá de la razón que puedan tener los linchadores cibernéticos, lo que queda clarísimo es el ambiente de crispación que prevalece en este país donde la justicia se mueve al son que le tocan los poderosos. Estamos viviendo una patética descomposición social. ¿Qué nos espera? Es probable que nadie tenga la respuesta. En tanto, le seguirán propinando calificativos, sobre todo mientras el manto protector del anonimato proteja plácidamente a los linchadores. El caso de DFC es más grave aún. Si la Lora ha merecido todo tipo de calificativos, el panista le dijo “quítate que ahí te voy”. Le han dado hasta con la maceta. No son pocos quienes han manifestado regocijo con su desaparición y quienes sienten algún grado de satisfacción, al pensar que de esa manera le cobran un poco de lo que piensan que el hoy infortunado se apropió de forma abusiva. Incluso, las expresiones de los cibernautas se refieren a los políticos en general y sienten una especie de “compensación” con el infortunio del influyente litigante que ha hecho gala de sus habilidades para amasar una nada despreciable fortuna, que incluye un variado inventario inmobiliario. En efecto, la pederastia y todos los abusos sexuales son formas de violencia. La muerte del modesto trabajador involucrado en el accidente automovilístico de Cecilia Lora y la privación de la libertad de Diego Fernández de Cevallos, fueron producto de manifestaciones de violencia. Sin embargo, no nos basta como sociedad que eso suceda y que podamos aspirar a evitarla y en su caso, a prevenirla. No, a la violencia en sus diversas manifestaciones, le abonamos una tremenda carga de odio, como si eso sirviera para remediar la situación. Nos sentimos tan miserables y tan impotentes, que nos conformamos con desatar una guerra de odios y rencores que ni nos nutren, ni nos ayudan a cicatrizar las heridas que socialmente nos laceran. Pero eso sí, le damos rienda suelta a nuestro coraje y lo expresamos en el espacio que ahora se nos ha abierto generosamente para la catarsis. A nadie beneficia la desaparición y en su caso, la ejecución de Fernández de Cevallos. ¿Para qué entonces solazarnos con su desgracia? Estas expresiones de repudio a su persona –merecidas o no- son muestra de una patología social y eso es lo grave del asunto. Estamos viviendo en un país que padece una delicada enfermedad, donde la gente ya no cree en nada, ni en nadie, donde la desgracia ajena es alegría propia, un país donde nos conformamos con el resbalón de los demás, ante la impotencia o incapacidad para alcanzar logros propios. . . . .