No sabían lo que hacían
La pederastia es el abuso sexual de una persona con un niño. La pederastia es un delito. Hace muchos años que eso está perfectamente bien establecido y nadie en su sano juicio puede esgrimir –como lo hizo Pedro Elizondo, obispo de la prelatura de Cancún-Chetumal, - que los sacerdotes católicos señalados por sus actos pederastas, “no sabían lo que hacían” y que por ello, procede otorgarles el perdón.
Es obvio que detrás de esta polémica mundial hay un abismo de trasfondo. Ya se habla de un fenómeno de “cristianofobia”. También se ha denunciado un complot interno de grupos de sacerdotes que tienen la intención de ver caer al Cardenal Joseph Alois Ratzinger, como jefe de la iglesia católica. Ya hasta una especie de huelga de pagos le aplicaron los sacerdotes norteamericanos, argumentando supuestas quiebras que tienen que ver con las millonarias cantidades que tendrán que pagar a los afectados por todos esos actos reprobables del pasado cometidos por esa verdadera legión de curas pederastas que se esparció por cielo, mar y tierra, tal como lo acreditan las denuncias en Irlanda, Estados Unidos, México, Italia y un sinfín de países alrededor del mundo.
Para nuestro caso, habrá que ver el comportamiento del monopolio ilegítimo que aún conserva la iglesia católica, pues hechos como la conglomeración humana del viernes pasado en Iztalapa les hacen creer y pensar que habrán de salir fortalecidos de esta crisis de identidad y de credibilidad. A nivel internacional, las cosas pueden tener otra expectativa para los jerarcas católicos, pues por citar un ejemplo, la policía italiana está investigando a 186 personas, entre ellas tres sacerdotes católicos, luego de haber quedado al descubierto que en un sitio web había pornografía para pederastas y se difundían fotografías con niños torturados. Hay quienes suponen que un mayúsculo escándalo estaría por poner en evidencia actos reprobables y que el efecto sobre la institución eclesiástica podría ser devastador. Hay quienes asocian estos hechos, con un movimiento internacional para derrocar al Cardenal Ratzinger, quien luego de sus erráticas declaraciones de hace unas semanas, se vio obligado a asumir una postura más firme y clara, respecto a las decenas de denuncias en Irlanda. A los sacerdotes irlandeses, les manifestó –ahora si- su “gran preocupación como Pastor de la Iglesia Universal”. Sin ambages les dijo que “estaba profundamente consternado por las noticias sobre abusos de niños y jóvenes indefensos por parte de miembros de la Iglesia, especialmente sacerdotes y religiosos...”. La presión internacional está surtiendo efectos.
En otra parte del mundo, muy cercana a nuestro país, la diócesis católica de San Diego, en el estado de California, se declaró en bancarrota. La intención –ya advertida en la pasada entrega- es burlar la cascada de juicios que están a la vuelta de la esquina, además de dejar de pagar al Vaticano una enorme cantidad de recursos, con la clara intención de afectar al Jefe de ese Estado. Se habla de unos 140 juicios que de manera legaloide quedarían suspendidos bajo el auspicio de las leyes de bancarrota que en ese vecino país tienen efectos vinculantes. Como se preveía, los montos en disputa son inimaginables y ponen en riesgo el millonario patrimonio de la iglesia católica, cuyos activos están integrados por decenas de propiedades, acciones, cuentas bancarias y demás valores que nada tienen de despreciable.
Además, lo que ha brotado como pus –amén de las denuncias de abusos sexuales de los religiosos- es la presunción de información oculta que compromete fiscalmente a la iglesia. Por ello, como verdadera epidemia, las declaraciones de quiebra se dieron como efecto dominó. Desde Iowa hasta Portland y desde Washington hasta Tucson. La información que hoy es del dominio público habla de que por lo menos unos 4 mil sacerdotes norteamericanos han sido denunciados, no sólo por pederastia, sino también por abuso en contra de mujeres jóvenes, en un lapso de más de 50 años. Así lo documenta un estudio realizado por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, entre 1950 y 2002. Las cifras son reveladoras y escalofriantes. Hay sacerdotes que acumularon más de diez denuncias.
En contraste, mientras que el Cardenal Ratzinger ha pedido perdón a las víctimas de los curas pederastas irlandeses, advirtiéndoles que “deben responder ante Dios y los tribunales”, la Conferencia del Episcopado Mexicano señaló esta semana que “sin pruebas, ni denuncias”, no se investigarán los casos de pederastia cometidos por sacerdotes. Enfáticos, los prelados dijeron que ”no se basarán en chismes, ni en rumores”. Como que no se dan cuenta de la magnitud de los daños causados a decenas de personas inocentes. Envalentonados –igual que su jefe Norberto Carrera- dicen que es necesario ”escuchar a las dos partes: tanto al denunciante, como al sacerdote”. Sin embargo, el escándalo forzó a la apertura y la propia CEM presentó ”El Prontuario para los Procesos a Clérigos”, dirigido a regular la actuación de los obispos en los casos de diversos delitos como la pederastia. En este último caso, se advierte que la iglesia promoverá la actuación de la autoridad civil con todo el rigor de la ley, imponiendo penas severas a los sacerdotes criminales.