Desde siempre anhelamos tener autoridades que sepan dialogar con todos los niveles de gobierno, las organizaciones sociales y los ciudadanos.
Esto supone tener en los mandos personas de excelencia, de gran estatura política. Porque necesitan ellos tener una capacidad de escucha, apertura, de exponerse a los golpes de la crítica sana, de la contradicción. Los psicólogos franceses afirman que es necesario hacerse vulnerable cuando uno dialoga.
En México tenemos una larga y triste experiencia de estilo autoritario, cerrado de nuestros gobernantes, herederos en línea directa del despotismo ilustrado del Virrey Marqués de La Croix.
El diálogo es imposible cuando no hay autocrítica, cuando el gobernante cree que todo lo hace bien, que sólo tiene “trabajo cumplido”.
Los ciudadanos que tienen liderazgo o poder sólo ven los logros de su propia gestión, en el de enfrente sólo ven los errores, lo descalifican, todo lo convierten en fracaso. Y ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el ojo propio.
Por eso, es digna de valorarse la actitud de muchos actores sociales en el caso de Ciudad Juárez. Ellos han agarrado la papa caliente en sus manos, se han sentado a dialogar, han buscado la verdad en los hechos y el bien común.
Habitualmente hay actitudes inmaduras que deben superar los conductores sociales:
Negar los problemas o pretender resolverlos por decreto.
Cuidar su imagen antes que todo y sobre todo.
Velar primero por los intereses particulares que se vuelven mezquinos, suyos o de sus cuates.
Cuidar su capital político y no los intereses de la ciudadanía.
Pretender estar por encima de los problemas que no los manchan, sentirse de otra casta de mesías, caudillos, caciques.
No tener madurez ni valor para exponerse al cuestionamiento, a la diferencia y la confrontación.
Los noticieros en estos días nos han traído una buena noticia, un hecho nuevo: el presidente de la república, dialoga con todos los niveles de gobierno y con las organizaciones sociales de la fronteriza Ciudad Juárez, se pone al nivel de los ciudadanos, no se aferra a sus prerrogativas de presidente, no se siente el Mesías ni Quetzalcóatl o Hitzilopochtli ni caudillo de la Revolución.
Busca, con limitaciones, pero con recta intención, soluciones reales para los grandes problemas aunque no sirvan para las elecciones, a fondo y a largo plazo.
Qué hermoso sería si se tratara de una actitud nueva de la clase política, que se multiplicara cada día, en todos los lugares del territorio nacional. Sería una pequeña muestra de que vamos creciendo y madurando en actitudes democráticas.
¿Podemos soñar en políticos nuevos que tienen una concepción y actitud del poder como servicio a la gran familia mexicana?
Los políticos católicos de corazón, no de etiqueta, estarían tomando en serio la enseñanza del Maestro, el más grande guía de multitudes de la historia, Jesús, el Hijo de Dios. El afirmó:
“ustedes saben que los jefes de las naciones las someten a su poder y las dominan.
No debe pasar eso entre ustedes. Al contrario, si alguno quiere ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y si alguno quiere ser el primero entre ustedes que se haga su esclavo.
Así el Hijo del Hombre vino, no a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate de la multitud” (Mateo, capítulo 20, versos 25-28).
El ciudadano común y corriente, ¿puede esperar? En todo caso puede y debe exigir actitudes nuevas. Hay que exigir las reformas de las personas, se necesitan hombres nuevos capaces de servir y dar la vida por la multitud, como el Maestro.