El mundo entero es testigo de la inmensa tragedia humana que se ha abatido sobre Haití. Mucho se puede decir sobre este espantoso suceso y, en particular, sobre la forma en que su gobierno ha manejado la crisis; muchas lecciones útiles podemos y debemos sacar los pobres de la tierra. Por mi parte, quiero contribuir con mi modesta opinión como contrapunto a la “verdad oficial” que se está imponiendo a escala mundial. Según ésta, el desastre de Haití es fruto de las ciegas fuerzas de la naturaleza que, cuando se desatan por el motivo que sea, resultan incontenibles; y por ello, se concluye, no tiene sentido ponerse a buscar culpables. Pero hay un dato sencillo, del dominio público y muy revelador a este respecto: la República de Haití comparte con la República Dominicana una misma isla del grupo de las Antillas Mayores, isla que, por razones históricas que no vienen al caso ahora, fue y es conocida por muchos como La Española. Los haitianos y los dominicanos, pues, comparten una misma casa, muy pequeña por cierto si de dar albergue a dos países distintos se trata; y es obvio, por tanto, que el temblor que devastó a Haití tuvo necesariamente que sentirse, con igual o parecida intensidad, también en República Dominicana. Lo sorprendente es que, mientras Haití quedó convertido en un montón de escombros, Dominicana no reporta un solo derrumbe importante; ninguna cantidad, grande o pequeña, de muertos, heridos o damnificados; ninguna zona o comunidad aislada.
La pregunta obvia es, ¿qué pasó aquí? ¿Cómo se explica este tan notable contraste entre moradores de la misma vivienda? La respuesta es simple. Si bien el sismo, en efecto, no es culpa de nadie, sus consecuencias, en cambio, dado que pueden evitarse (o al menos atenuarse al máximo) mediante políticas bien pensadas y mejor ejecutadas de prevención y protección de la población civil, como lo prueba el caso de la Dominicana, son responsabilidad ineludible de los gobiernos de cada país. La magnitud y la profundidad de la tragedia haitiana, por tanto, es culpa, más que del sismo, de una larga cadena de gobernantes incapaces, algunos de ellos dictadores crueles y sanguinarios y otros con barniz “democrático”, pero todos interesados únicamente en llenarse los bolsillos con las riquezas de la nación y en quedar bien con los intereses norteamericanos, gracias a cuya protección han podido gobernar contra la voluntad de su pueblo. Todo en Haití es falso y deleznable: la política, la economía, la cultura, la salud, la educación, los servicios y, por supuesto, las construcciones, incluida la mismísima sede del gobierno dictatorial y entreguista. Por eso se vino abajo la nación entera ante el vigor del sismo, y por eso el contraste con República Dominicana.
La incapacidad y desvergüenza del gobierno haitiano no terminó con el derrumbe. Peor ha sido su manejo de la crisis posterior: el gabinete en pleno se paralizó y corrió a esconderse para no dar la cara a su pueblo y al mundo que lo observaba. Los haitianos quedaron literalmente huérfanos en medio del desastre, absolutamente abandonados a sus propias fuerzas ante sus necesidades, carencias y sufrimientos. El gobierno norteamericano, por su parte, ante el vacío de poder que se generó y fiel a su trayectoria imperialista, se apresuró a tomar el control militar de la nación caribeña. Todos esperábamos que, con la llegada de la tropa yanqui, cesara de inmediato el caos, se organizarían los servicios de salud, la distribución de agua y alimentos y, sobre todo, que se volcara sobre los haitianos la riqueza y abundancia generosas de la nación más rica del planeta. Pero no. Las tropas se dedicaron “a preservar el orden y a evitar saqueos”, es decir, fueron a salvaguardar los intereses geopolíticos de su poderosa patria y a defender la sacrosanta “propiedad privada” de los ricos haitianos contra el hambre y la sed de los damnificados. Medios de comunicación, policía local, soldados invasores y últimamente el “gobierno” de Haití, que ya recobró aliento, no se cansan de denunciar los “saqueos criminales”, el “pillaje”, el “robo” a los almacenes y tiendas derrumbados por el temblor, a manos “de la turba”. Y como si faltaran muertos, ejército y policía tiran a matar; muchos hambrientos y desesperados han hallado alivio a su pena con una bala entre ceja y ceja. ¡Balas en vez de comida y agua!
Aquí, en México, los medios están saturados con información sobre graves inundaciones que, principalmente en Michoacán, Estado de México y el Distrito Federal, han dejado decenas de muertos, miles de familias que perdieron techo, enseres y negocios y graves riesgos de epidemias entre los damnificados. Por momentos parece que la dimensión del problema ha rebasado a los gobiernos locales y al propio gobierno de la República. Cuando menos, resulta evidente la pobreza y lentitud de la ayuda directa a las víctimas, y no es fácil sustraerse a la impresión de que es más la demagogia y el interés electorero que el verdadero apoyo, enérgico y bien dimensionado, a la gente en apuros. Somos, por otra parte, un país volcánico como pocos y con fallas geológicas graves, bien detectadas por los especialistas. A ello hay que sumar el riesgo de sismos causados por el deslizamiento de las placas tectónicas que integran la superficie terrestre (como parece que ocurrió en Haití), cuya derivación a causa del magma incandescente sobre el que “flotan”, es una verdad científicamente probada. Un sismo de gran intensidad aquí reproduciría la tragedia haitiana, pero en grande, ya que sólo la población del valle central es más del doble que la de toda la República de Haití. No voy a emparejar, desde luego, al gobierno mexicano con el de Haití, porque eso no sería serio ni objetivo; pero, dada la magnitud que entre nosotros alcanzaría el desastre, y lo que estamos viendo con las inundaciones, es seguro que nos veríamos rebasados, y con creces, por la enormidad de la tragedia. Por eso creo oportuno que recordemos la sátira de Horacio, uno de cuyos versos dice: ¡mutato nomine, de te fabula narratur! (¡Bajo otro nombre, de ti habla la fábula!).