Plata o cemento.
Generaciones y generaciones de personas en todo el mundo han sufrido y sufren las ansias de poder de grupos que, una vez instalados en el lugar de la toma de decisiones y de la repartición de los dineros grandes, no quieren soltar ni salirse del puesto que les garantiza las mejores condiciones de vida y la perpetuidad en la explotación de personas y riquezas.
Al mismo tiempo, la sociedad ha generado luchadores sociales que dedicaron y dedican sus vidas a la lucha por las causas más sentidas y más puras del grupo social al que pertenecen. No interesa la importancia que para otros grupos pueda o no tener la problemática de cada organización, o de una delimitación territorial determinada. Lo que importa es que las necesidades de la población numerosa o escasa, se atiendan y se resuelvan de la mejor manera, acorde con lo que la comunidad plantee.
Los gobiernos de todos los tiempos se han visto tentados a usar el poder de la fuerza en contra de las personas que, por exponer sus necesidades y exigir soluciones, resultan molestas para el grupo dominante. Como si acallar a alguno o alguna o a muchos de los que protestan acabara con las necesidades y ya nadie surgirá en busca de solucionarlas, los gobernantes han reprimido a los que se atreven a levantar la voz y hacer oír a los que no escucha nadie.
Es cierto que también ha habido los vividores de la buena voluntad de los necesitados y también han existido y existirán los que cambien por dinero a las causas nobles de la sociedad. Los que venden a sus compañeros. Pero ni eso acabará con las demandas sociales. Los intereses mayoritarios se sobreponen a los agravios y a las traiciones. Por el otro lado están los inquebrantables. Los que no se dejan ganar por el espejismo del oropel y la lisonja del poderoso. También hay personas de ese tipo. Y el gobierno lo sabe.
Valentín Campa, Demetrio Vallejo, sin ir muy lejos, fueron representantes de esos grupos que reclaman mejores condiciones de vida, partiendo de mejoras en su trabajo, para ellos y sus familias. Rubén Sarabia Sánchez, es otro ejemplo viviente del espíritu inquebrantable de los que saben que la del pueblo es la más hermosa de las causas y la única digna de ser depositaria de la existencia si es que en ella se va la vida.
Conocido como “Simitrio” –como él mismo dice y expone que fue condenado a cárcel por 104 años y meses- Sarabia Sánchez fue encarcelado en 1989 en el CERESO de San Miguel en Puebla, durante el gobierno de Mariano Piña Olaya. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos emitió una recomendación para terminar con las condiciones de segregación que tenía Sarabia en aquel penal pero el gobernador nunca la acató. Fue trasladado a la cárcel de Puente Grande, Jalisco, en 1993, y las condiciones de prisión fueron peores: un mundo con todo de color beige, con la prohibición de hablar –Simitrio tuvo que vivir cantando para no perder la capacidad de hablar- y con revisiones hasta íntimas a los familiares que lo visitaban una vez a la semana. En 1997 fue llevado al CEFERESO de Almoloya para seguir siendo tratado en condiciones inhumanas y tres años después salió libre.
Es líder de la Unión Popular de Vendedores Ambulantes 28 de Octubre(UPVA) de Puebla y sigue en la lucha por las causas sociales y contra las malas políticas del gobierno. Aunque está fuera de la cárcel, su proceso sigue y casi está obligado a vivir en arraigo domiciliario y no acercarse a Puebla, pues vive en el Distrito Federal, lugar que no puede abandonar sin el permiso del gobierno de Puebla. Tampoco se le permite hablar con reportero o entrevistador alguno so pena de ser nuevamente encarcelado.
Pero Simitrio continúa en lucha y así seguirá. Es uno de los que hacen que la esperanza no muera. De que sigamos siendo realistas y pedir lo imposible.