Lo que dejan las dictaduras/Mateo Calvillo Paz

13:58:00 22-01-2010

Mateo Calvillo Paz / Quadratín

SECCIÓN: Analistas



¿En qué medida el desastre de Haití tan amplio y grave es resultado, en parte, del gobierno de los dictadores que han mandado en la isla caribeña? Las grandes obras de las dictaduras son destrucción, muerte y dolor. Haití, vive un infinito dolor, más allá de lo expresable, que nos deja consternados, sin palabras. Hay muchas lecciones que sacar de esta desgracia de la familia humana, me quedo con una: la obra de las dictaduras que prepararon el terreno por sus arbitrariedades y saqueos que sumieron al país en el atraso social, por su rapiña y arbitrariedad, por lo que hicieron de perversidad y por lo que dejaron de hacer en obras y en promoción humana. Haití el pueblo más pobre, miserable y atrasado de América, lleno de miserias, desprovisto de todo, es muy frágil para soportar, un temblor de 7.3. El de México fue de 8.5 y los daños fueron mucho menores. No había la infraestructura ni la preparación, ni los medios; los haitianos se encontraban completamente desprovistos y desamparados. El temblor es obra de la naturaleza, el atraso y carencias es obra de las dictaduras, los Duvalier y otros. Ellos son responsables y tendrán que responder ciertamente ante la justicia del Señor de la historia. Fueron dictaduras de personas, en otras partes han sido dictaduras de partido y han dejado también el atraso, la miseria, el sufrimiento corporal y espiritual de los pueblos. Dejan los países en un bache del que no pueden salir. Hay que señalarlo: las dictaduras son hijas de la perversión de los hombres, de la corrupción que invade todo como un cáncer. Son expresión de la egolatría, el caudillismo, el caciquismo. Los dictadores, más o menos disfrazados, son la expresión de la sed de poder que ciega, que no acepta la verdad, que no busca el bien de los demás, que es capricho, cerrazón y arbitrariedad. Los poderosos se embriagan de soberbia, se auto aplauden y aprueban, se vuelven insensibles, inhumanos como la bestia apocalíptica de siete cabezas y diez cuernos que tritura lo que encuentra a su paso. Es una bestia que, si la matan renace, se reencarna en diferentes individuos. En el siglo del progreso tecnológico y científico, de los cacareados derechos humanos, las dictaduras reaparecen, ejemplos hay muchos en nuestro país y en los países hermanos de Latinoamérica. ¿Es posible vencer la Bestia, matarla, arrancar su descendencia? Para acabar con los impulsos dictatoriales, para extirpar la bestia agazapada en algunos hombres hay que renovar al hombre. Es la obra de Jesucristo, el hombre Dios se batió con el mal, con el demonio y lo venció en la cruz y la resurrección. El drama es que no lo seguimos y preferimos las tinieblas porque nuestras obras son malas, afirma San Juan. No hemos aprendido la humildad del Servidor de Yahvé. “Yo que soy el Señor, -dijo Cristo a sus discípulos - estoy entre ustedes como el que sirve”. Lo afirmó cuando ya entregaba su vida para librarnos de la soberbia y ceguera de las bajas pasiones del dinero, del poder, de la sed de sangre fraterna. Lo afirmó la noche de su pasión. El ejemplo fue seguido por nuestro sublime conciudadano, el Siervo de la Nación, el sacerdote José María Morelos y Pavón. Esta Palabra nos da sabiduría y claridad para analizar la situación y conocer a nuestros dirigentes. Entre ellos, ¿hay líderes con rasgos, actos y tendencias de dictadores? Es un deber grave discernir y evitar darles poder sobre nosotros, sobre nuestra vidas y bienes materiales. En nuestra naciente y débil democracia tenemos el poder de escoger a aquéllos que buscan el poder para servir, que se desprenden de los sueldos y prestaciones ofensivos para las mayorías y son capaces de entregar su vida para que las multitudes de pobres tengan vida y la tengan en abundancia. Está en nuestra manos sacudirnos la tiranía como en la Independencia, como en la Revolución. Es tiempo de liberar a México, de hacer la verdadera revolución con el sacrificio de todos pero sin un sólo tiro de arma de fuego, sin discordia ni muertes fratricidas. Sólo tenemos que ejercer libre y maduramente nuestro poder de elegir a los servidores públicos.