Rituales ocultos en Noche de Muertos

13:58:56 02-11-2009

Isaac M. Reyes Maza / Quadratín

SECCIÓN: Sucesos



MORELIA, Mich., 2 de noviembre de 2009.- ‘El encuentro con los vivos en la noche de los muertos’, como señala el Popol Vuh, libro sagrado del Quiché, en la Nación Purépecha tiene diversas ceremonias y connotaciones, la conocida y abierta en los panteones y las ocultas que realizan en comunidades indígenas como Cuanajo. Mientras decenas de miles de indígenas y turistas copan las plazas, calles y panteones de los pueblos enclavados en la región lacustre de Michoacán, del uno al dos de noviembre, en la conmemoración del Día de Muertos, como Pátzcuaro, Tzurumútaro, Tzintzuntzan, Erongarícuaro, Arócuti, entre otros, poblados indígenas como Cuanajo, en la misma cuenca del Lago de Pátzcuaro, se ven desolados y en la noche de ‘fieles difuntos’ sus calles vacías, “como si en este lugar no veneraran a sus muertos”, comenta un viajero. La ceremonia y adoración es impresionante y oculta, solamente en el interior de los domicilios de quienes murieron el último año (de la ceremonia pasada a la actual). El ritual de los caballos La enramada en el pórtico de la casa, cuya calle empedrada se encuentra en penumbras, es la señal ‘ahí se venera a una persona que murió un día de los últimos 12 meses’. Dentro de la vivienda, cerca de la medianoche, ya se encuentran reunidos medio centenar de personas (hombres, mujeres y niños), familiares, compadres y los amigos más allegados principalmente. El imponente altar para las ofrendas, con la fotografía del difunto al centro, resalta copado por el amarillo fuerte de la flor de cempazúchitl (flor de muerto), las velas y veladoras que iluminan el camino que el espíritu recorrerá del inframundo a su domicilio mundano. Los hombres en un grupo relatan anécdotas que escenificó en vida el espíritu esperado; las mujeres y niños por otro lado y frente al altar rezan, para orientar el camino del ser amado esperado. El altar, repleto de fruta, pan y guisos que llevan en lo individual los asistentes, rebosan el contorno del altar, mientras que al frente, caballitos de madera de medio metro de alzada, confeccionados por el jefe de cada familia que acude al ritual y cargados con frutas, flores y otro tipo de ofrendas, son acomodados al frente del altar, simulando animales de tiro listos para remolcar un carruaje, ‘porque son los que lo llevarán, junto con las ofrendas, de regreso al lugar de las ánimas’. Llegan a acumularse más de 20 caballitos, relata un comunero que, acompañado por su esposa y sus tres pequeños hijos, llegaron ante el altar a la memoria de su compadre, a depositar ‘un caballito’ cargado con fruta, flores y velas y varias canastas y cazuelas de barro de medianas dimensiones, con guisos como el churipo, corundas y uchepos. Los rezos y las anécdotas, aderezadas en ocasiones con la música que más le gustó ‘al esperado’, se prolongan hasta la salida del sol, momento en que las deidades purépechas Tata Jurihata y Curicaveri, autorizan para que las ofrendas con los caballitos, sean trasladados al panteón de la comunidad, donde familiares, compadres y amigos, pasarán el día de muertos, acompañando también a ‘los que se fueron antes’.