Cambio con sentido.
Desde hace algunos meses, luego de que se anunciara con más constancia sobre los festejos del próximo año en conmemoración del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución mexicanas, se ha venido comentando en las mesas de café de todas las ciudades del país sobre lo que parece ser un ciclo inevitable del colectivo mexicano.
Las condiciones, se dice, para que se inicie un brote social violento están a tono con lo que ocurría en México hace 200 años, primero, y 100 años después: el alejamiento de la clase gobernante de la población común y mayoritaria; la escasez de oportunidades de trabajo y vida dignos; el aumento de la miseria en amplias zonas y grupos de población; el enriquecimiento desmedido por unos poquísimos políticos y empresarios; la acumulación de tierras por estos mismos y en general, de los medios de producción; la depredación de los habitats naturales y su desatención posterior; la intromisión gubernamental en la vida interna de sindicatos y organizaciones sociales democráticas; la falta de respeto a los derechos humanos e individuales; entre otras cuestiones, que agravan la molestia de sectores cada vez más amplios.
Sin duda hay motivos de sobra para reclamar condiciones mejores para todos y que la riqueza generada se reparta de mejor manera entre los que la producen; que los gobernantes dejen de ser cínicos en grado superlativo como son actualmente; que el estado garantice empleo y salario digno a los que se agregan a la edad productiva; la defensa y cuidado intenso del medio ambiente; el reclamo de respeto a las decisiones de los trabajadores y las personas en general a la forma en que han de conducir sus gremios y organizaciones; y demás asuntos que convierten al país en una gran olla de presión que emana un gran peligro.
Se olvida, sin embargo, que desde hace años también ha habido grupos organizados que viene denunciando los malos y antipatrióticos manejos de los destinos del país y que, con sus acciones, han podido, unos más y otros menos, detener los intentos por los que los más poderosos han tratado de abusar del resto de los que habitamos el país.
Los grupos sociales que se han organizado desde tiempo atrás, no han logrado mucho pero, con algunas excepciones, han preferido las vías pacíficas de protesta y búsqueda del cambio antes que emplear las alternativas violentas. Personajes de peso político y renombre han sido factor de cohesión en torno a estos ideales y los pasos en esa dirección lograron arribar a triunfos que aunque buenos no son suficientes ni han cuajado como se esperaba.
La alternancia en el poder por los partidos políticos es ahora una realidad que hace un mucho era impensable; la creación de comisiones de derechos humanos tampoco se veía posible; las subprocuradurías para atender delitos como los electorales, o la delincuencia organizada, entre otras no existía antes del último cuarto del siglo pasado; la existencia de grupos disidentes de los sindicatos más poderosos del México no muy antiguo de plano era diminuta y de fuerza limitadísima, por mencionar algunos de los logros que el movimiento social ha producido. Pero eso no es ni mucho menos, suficiente. Sin contar que los resultados en el proceder de las instituciones creadas por el empuje ciudadano tampoco han sido del todo efectivas y eficientes en su actuar. Lo bueno es que ya se tienen.
Como se vea, la sociedad mexicana ya ha pagado con mucha sangre lo que busca y quiere como para que nuevamente se arroje a una aventura de fatales consecuencias y con resultados inciertos: no son pocos los que quieren un estado de cosas tal que sirva de pretexto para dar giros que conduzcan a empeorar la situación. Los aprovechados no faltan y es muy probable que los mismos se acomoden para dar golpes más devastadores al país. Por otro lado, la ubicación geográfica provoca que los gringos no permitan relajamiento del estado actual en sus cercanías; están también los entreguistas que sueñan con que nuestro país se convierta en una estrella más en la bandera yanqui. El plan puede ser precisamente ese, el de propiciar la desesperación y el desánimo suficientes para promover la sublevación que justifique masacre y ocupaciones territoriales muy jugosas para los vencedores.
No se puede tener una equivocación tal. El movimiento popular es la vía posible del cambio reclamado. La alternativa extenuante pero segura para lograr la mejoría, que puede no ser cansada en la medida que la participación crezca y se convierta en una fuerza tal que no acepte negativas. El poder es de todos.