MORELIA, Mich., 18 de agosto de 2009 (Foto: Milenio).-En Colombia, durante los años de mayor violencia, se propagaron las llamadas pescas milagrosas, secuestros al azar que hacían los narcos para financiarse cobrando cantidades no muy exorbitantes —entre 400 y 500 dólares— por la liberación de sus cautivos.
En México, lo que sucede en muchas ciudades del país en estos tiempos son los levantones, muchas veces, aunque no siempre, de personas vinculadas de alguna forma al mundo del crimen organizado. Este es el testimonio de la segunda noche del secuestro de un joven norteño que fue levantado y vivió para contarlo:
“Me sacan de mi cautiverio y me suben a una camioneta. Llevo los ojos vendados y siento que en un momento salimos de la carretera, por lo abrupto del terreno. Parece que vamos subiendo una pendiente. Llegamos a otra casa de seguridad. El frío es intenso e imagino que me tenían cerca del cerro. Me desnudan y me bañan de agua, me quitan la venda y veo los cables de corriente, me tiran al suelo y nuevamente entre risas me los ponen en los genitales. Me piden que me vista y me vuelven a poner al teléfono”.
Al fin se llega a una negociación, se pacta el monto del rescate.
“La fecha de entrega del pollo (así nos dicen a los levantados) será al día siguiente. Esa noche me llevan durante una hora en una camioneta. Cada vez que entramos y salimos de la casa de seguridad siento que dan vueltas en caracol como queriendo desorientar, y esto lo supongo porque entre los sicarios se insultan por dar tantas vueltas.
“Empezamos levantando a dos personas que vendían discos pirata que no les compraban a ellos. Lo primero fue darles unos tablazos, más de 30 tablazos en las nalgas y la espalda, y la advertencia de que sólo pueden vender lo que ellos producen. Ahora vamos por un narco distribuidor y la misma medicina: otra tabliza, sólo por vender en la zona que no le correspondía.
“Cuando está amaneciendo regresamos a la casa de seguridad. Nos meten al baño y en eso se escucha el motor de un auto como si estuviera alterado para carreras. Los sicarios se aceleran y nos bañan en aromatizante, expresando que ahí viene el jefe. Entra un hombre y pregunta cómo nos tratan. Por supuesto dijimos que bien. Nos dice: ‘Ya se van’, y luego ordena, ‘báñenlos y vístanlos’. A lo que responden: ‘Sí, señor’. Me vendan nuevamente y me suben a un auto. Llega el momento de la liberación. Me dejan en una colonia, vendado y amarrado con cinta canela, me dicen: ‘Quédate sin voltear durante 10 minutos’. Claro que yo quedé inmóvil durante 30, los 30 minutos más angustiosos de mi vida, pensando que en cualquier momento escucharía el balazo que cortaría mi vida. Luego que ya no escuché a nadie con los dientes me desamarré las manos, y quité la cinta de mis ojos. No podía ver nada, me tiré al suelo en posición fetal y me puse a llorar no sé cuánto tiempo, y entonces empecé a correr cerro abajo. El sector donde me dejaron estaba horrible; la gente daba miedo, pero creo que les daba más miedo yo a ellos descalzo, con la ropa sucia y llena de sangre.
“No sé cuanto corrí pero a lo lejos observé un Oxxo, llegué allí y pedí que me permitieran hacer una llamada, les expliqué mi situación y la dependienta me permitió hacer la llamada, incluso me regaló un refresco y dinero para un taxi, puesto que al llamar les dije a mis padres que ya iba para allá. Ellos querían ir por mí pero yo no quería arriesgarlos más”.