Esquirla/Diego Osorno

11:45:43 10-08-2009

Diego Enrique Osorno / Quadratín

SECCIÓN: Analistas



Hace 10 años no existía la palabra levantón. Hoy es una más del diccionario de la trágica cotidianidad nacional. Este es el testimonio de un levantón ocurrido a principios de año en una ciudad del norte del país: “Llego a una casa y me encierran en un baño. Estoy esposado con las manos atrás. Me hincan y empieza el cariño. Con una tabla, entre risas, me dan más de 30 tablazos en las nalgas y continúan en la espalda, para que sepa que va en serio. Me quitan mi Nextel y empiezan nombre por nombre: ’¿Quién es? ¿A qué se dedica? ¿Qué parentesco tiene contigo?’. “Al día siguiente de mi desaparición aparece en televisión la noticia de que encontraron tres cuerpos calcinados en las afueras de la ciudad. Imaginé la angustia de mis padres al tener que identificar entre tres personas quemadas el cuerpo de su hijo. Llama la atención que había más de 15 personas buscando a familiares, la mayoría levantados por la policía de la ciudad y luego desaparecidos, varios de los cuales estaban en la misma casa donde me tenían a mí. “Llega la noche y me sacan de la casa junto con otro más y nos suben en una camioneta cerrada. Iban tras unos vendedores de droga independientes. Llegamos, pescan al vendedor y después de una madriza horrible, termina por dar el nombre y dirección de quien le surte la droga. Llegamos al domicilio y con un mazo tumban la puerta de forja mientras alrededor de 15 personas suben como arañas por los techos y el traspatio. Son las tres de la mañana y la gente despierta asustada con los estruendos de los mazazos, los niños gritan, los golpean y los encierran junto con la madre y al papá, al que vendía droga lo suben a la camioneta, no sin antes desvalijar la casa y llevarse todas las cosas de valor; cámaras, alhajas, pantallas, computadoras. “Llegamos a un lugar como un rastro, nos hacen caminar descalzos y vendados; aún es de noche, se escucha que encienden sierras eléctricas y entre risas de los sicarios y los gritos de horror del vendedor empiezan a cortarle las piernas y los brazos. Nos desamarran y quitan la cinta canela de los ojos y nos ordenan meter las piernas, brazos, torso y cabeza en una caja. Suponemos que las enviarán a familiares. Después de meterlas caminamos por los charcos de sangre y nos obligan a acostarnos sobre la misma. Nos hacen ver de lo que son capaces, nos vuelven a vendar y se escucha nuevamente el sonido de las sierras: las pasan cerca de nuestras cabezas y entre risas se preguntan entre ellos si cortan un brazo, pierna u oreja. “Estamos aterrados, rezando, implorando que mejor nos maten de un balazo, que no envíen mi cuerpo desmembrado a mi madre. Me acercan el teléfono y me comunican con mi familia, mi padre pregunta si estoy bien, yo le digo que sí pero que me salve, que venda lo que pueda y consiga lo que piden. Escucho los gritos de mi madre implorando por mi vida, ofreciéndoles nuestra casa ya que no contamos con dinero, ofrecemos los coches de la familia, las pocas joyas que existen. Me quitan del teléfono y terminan diciéndoles a mis padres que quieren ver si les intereso y que le echemos ganas, que mañana les hablan. “Durante el día estoy tirado en el piso, vendado, amarrado de manos, escucho el sonido de botas acercándose, entra al cuarto alguien que después fue capturado. Sin decir agua va me patea en el estómago, en la cabeza, y otro me acerca una chicharra hasta que pierdo el conocimiento”. (Continuará...)