El pasado domingo, 28 de julio, una semana antes de la jornada electoral, estuvo de visita en Michoacán el dirigente del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Jesús Ortega, e hizo declaraciones muy desafortunadas en relación al movimiento de ciudadanos que promueve el voto nulo.
En su opinión los que alientan la anulación del voto son “voces que desde la obscuridad pretenden que llegue una Cámara de Diputados con problemas de legitimidad, débil y con falta de representación”, lo cual beneficiaría a Felipe Calderón, y justificaría “sus tentaciones fascistas”. Señaló que promover el voto nulo “es como entregarle un cheque en blanco” al actual gobierno federal, por eso, afirmó que el voto nulo “es una tesis reaccionaria” (La Jornada Michoacán, lunes 22 de julio de 2009).
Ésas son el tipo de declaraciones por las cuales el movimiento crece y genera mayores simpatías. Lo primero que uno se pregunta es quién favorece más a las “tentaciones fascistas” crecientes de un Ejecutivo que gobierna al lado del ejército, que es donde mejor se maneja –aquí no hay golpe de Estado, como en Honduras pero tenemos años ya con el ejército en las calles y nadie, ni los legisladores, se ha preocupado, en serio, por sustituirlo de tareas que no son de su competencia-, un Congreso preocupado por la componenda, sus privilegios y cotos de poder que por sus idearios o unos ciudadanos que quieren protestar porque los partidos y quienes nos gobiernan se ha alejado de las necesidades de la sociedad.
Quién se opone menos a las intenciones autoritarias del gobierno calderonista, una izquierda que dilapidó su fuerza política en el Congreso, sin agenda propia y dispersa, o un grupo de ciudadanos que quiere manifestar su demanda de mayor democracia, que está harto de un Poder Legislativo al que sólo le preocupa trabajar para sus fines facciosos y los intereses obscuros, esos sí, de los poderes fácticos y les pide, a los diputados y senadores, transparencia en su desempeño, moderación en sus remuneraciones y en el gasto que se destina al sistema político-electoral.
Quién debilita más a la Cámara de Diputados una izquierda dividida que se desgasta en guerras intestinas y partidos pragmáticos que venden caras sus alianzas sin evitar que se fortalezca el proyecto económico de la derecha o un grupo de ciudadanos que simplemente quieren ir a votar y anular su voto para llamar la atención de la clase política a fin de que establezca mecanismos para que le rinda cuentas de sus actos y se modifique esa política que empobrece a la población. Quién hace más daño, ese Congreso comparsa y débil o ciudadanos que quieren elevar su voz para decir ya basta. Quien ha fortalecido al Ejecutivo es un Legislativo sí, plural, pero incapaz de generar consensos y frenar la embestida del gobierno en contra de la soberanía, las expectativas sociales de bienestar y la democracia -más allá de las elecciones.
Quién hace más daño y quiénes le hacen más el juego al duopolio televisivo, enojados con las reformas electorales que les quitaron el acceso directo a sumas millonarias en tiempos electorales, los partidos políticos que votan una reforma electoral por consenso y luego se esmeran por violarla y devolverles bajo cuerdas sus privilegios –en eso también contribuyen los gobiernos, en especial el federal- y sumas millonarias ahora disfrazadas de difusión de políticas públicas y “entrevistas” a candidatos, cobijadas por líderes de opinión corruptos.
Quién ha permitido que avance la agenda de la ultraderecha y la deslegitimación de los candidatos –luego diputados- un grupo de ciudadanos que piden reelección, rendición de cuentas y una ley de participación ciudadana o partidos que se reparten los cargos de representación, en lo oscurito y de acuerdo a los grupos que dominan el mismo sin el mínimo recato democrático y sin que los candidatos tengan perfil o algo que ver con sus idearios políticos. ¿Quién, por ejemplo, tronó la candidatura de Samuel Maldonado en el distrito X de Morelia, su partido y la imposición o los ciudadanos que anularán su voto?, ¿quién debilita a la izquierda el movimiento que promueve anular el voto, o la dirigencia del PRD deslegitimada que escoge candidatos sólo por la ambición del poder –sin interesarle armar una fuerza social que legitime un proyecto de gobierno-, sin compromiso partidario y que ahora le renuncian en elecciones estatales, como es el caso de su abanderado a la presidencia municipal de Querétaro, para favorecer a candidatos de otros partidos o los ciudadanos que anularán su voto simplemente por el hartazgo de las imposiciones de los dirigentes y arreglos subrepticios de corrientes? –ningún partido se salva de ello-; ¿quiénes son más antidemocráticos, oportunistas y reaccionarios?
El sistema político electoral está diseñado para que los partidos hegemonicen la escena y la representación política obtengan los votos que obtengan; es como darles un cheque en blanco –no sólo a Calderón sino a cualquier representante popular-, así que, ¿qué culpa tienen los ciudadanos que quieren anular su voto para, precisamente, cambiar esa percepción de los políticos de que pueden hacer lo que se les dé su gana una vez que llegan al poder?. A los partidos y al gobierno, el diseño del sistema político-electoral les hace que la legitimidad les tenga sin cuidado; por el número de ciudadanos que los votan y por la calidad del voto que obtienen –hoy predomina de manera grotesca la compra de votos-. Ya la legitimidad estaba cuestionada desde antes que prendiera la idea de anular el voto como protesta, precisamente, ante este sistema que premia el gane las elecciones a como de lugar –“haiga sido como haiga sido”, así dijo Calderón-. Después vendrán broncas de gobernabilidad pero se neutralizarán a base de mercadotecnia, cooptaciones y “maiceos” selectivos. La mezquindad de los partidos políticos coadyuvará a “la legitimación” institucional que no se ganó por el voto.
Jesús Ortega se equivoca, otra vez, al trasladar a los ciudadanos lo que era y es la responsabilidad de la izquierda: contener la embestida fascista de la ultra derecha con propuestas, organización y movilización social, en vez de andar preocupados porque una niñita, en un ardid publicitario, trate de quitar la imagen de “belicosos” a una izquierda que se desdibuja y hace agua buscando ser una oposición leal. Perdón, pero tampoco se trata de ganar por ganar, por tener curules y ya con eso se va a parar la embestida de la derecha –con esa izquierda no se frena nada-. Se perdió, hace rato, el proyecto político y el rumbo en la izquierda partidaria. Si el PRD fracasa en las elecciones del domingo tendrá que buscar sus respuestas en el comportamiento de sus dirigentes –si hay autocrítica, que nos la debe desde el 2006-, pero no deberá echarle la culpa al movimiento “anulista” que sólo busca retomar algo de lo que la izquierda dejó en el camino: democratizar la democracia; acabar la transición sin marginar a la sociedad.
En elecciones intermedias la abstención alcanza cerca del 60%, el voto nulo y el voto por candidatos independientes, hace seis años –en las últimas intermedias- fue de alrededor del 4%. Si en esta elección el voto nulo y de candidatos independientes alcanza entre el 6 y 7% será un éxito el movimiento; obtendrá más votos que muchos partidos que incluso perderán su registro, pero como se verá su alcance es muy limitado para asumir las culpas que le quiere endosar el dirigente del PRD. La falta de legitimidad del Congreso no se deberá al voto nulo, sino a la abstención, a los pocos votos que validan a un diputado y de eso, de la abstención, tienen la culpa los partidos, por sus candidatos, por su belicosidad, por su ineficacia, por el hartazgo e incredulidad.
Ellos, los partidos, son los responsables de que poca gente vote, de que la sociedad tenga una imagen tan desprestigiada de ellos y los políticos –ahí están encuestas, desde antes de que se promoviera el voto nulo, que lo demuestran. La falta de legitimidad no es culpa del voto nulo sino de todos los partidos políticos que están cómodos con el estado de cosas como están –para ellos no hay crisis.
Y Jesús Ortega se equivoca si no ve falta de legitimidad del Ejecutivo cuando es producto de una elección cuestionada, cuando para legitimarse a través de la gestión –porque el voto no lo hizo- tuvo que apoyarse en el ejército, en los medios de comunicación, en líderes venales e instituciones como el Congreso, donde es descarado el decir del PRI de que a ellos se debe su “legitimización” –a fin de cobrar favores, sin que le haya importado la voluntad popular expresada en las urnas; a eso le llaman ser “institucional”-. Si Calderón la ha podido remontar su desprestigio es porque el pragmatismo de los dirigentes políticos lo ha permitido; el PRI buscando acomodarse para el 2012 con alianzas oscuras y pragmáticas con panistas embozados y el PRD con una división que lo aleja de la sociedad y de su identidad.
Detrás del voto nulo no hay nada oscuro, hay ciudadanos con nombre y apellidos, -cierto, de distintas motivaciones, procedencias, experiencias y agendas-, pero que coinciden en cuatro o seis demandas comunes y eso los articula coyunturalmente y muestra una agenda desdeñada por los partidos y sus diputados porque no escupen para arriba: ley de participación ciudadana, incluyendo revocación de mandato, reelección y rendición de cuentas, reducción de gastos político electorales, no simulación de la reforma electoral que limitó el rol y la ganancia de los medios de comunicación –radio y televisión-, disminución de plurinominales.
Sí, se trata, con la anulación del voto, de acotar al Legislativo y también al Ejecutivo; se trata de cambiar el rumbo de nuestra democracia y del país. En esa tarea, alguna vez, la izquierda tuvo algo que decir hoy no es así. Hoy está preocupada por serle simpática al gobierno, institucional y leal al sistema; la gente, la organización y la movilización no le interesa porque eso “desprestigia” al partido –la da imagen de rijoso. Está bien que siga con sus spots del cordero y la niña, pero entonces que no proteste por el voto nulo, no esa izquierda, menos que nadie –tampoco los que promueven el voto nulo están por los liderazgos mesiánicos ni caudillos: están por una verdadera democracia donde quepan todos. A la postre, será ese voto hoy anulado, la esperanza para recomponer el movimiento progresista que frene a la derecha –con los partidos que se refuncionalicen y se vuelvan a vincular con la sociedad.
¿Por qué el voto nulo?, porque ya basta de esos políticos que se olvidaron de que la política es para facilitar la convivencia humana, para que la gente viva mejor y no sólo se trata de repartirse el poder a como dé lugar. Es hora de que los ciudadanos recuperen la política de los políticos y hagan política. Es cierto, la sociedad no es perfecta y es plural, pero necesita fortalecerse, organizarse y obligar que el divorcio entre partidos y sociedad se retome bajo nuevas reglas de relación. La representación no basta, se requiere participación y control social.