El que tenga oídos para oír, que oiga.
El que tenga ojos para ver, que vea.
Por uno de esos hechos fortuitos, atribuidos al azar, ayer tuve la fortuna de encontrarme con un par de buenos amigos: Minasio y Melitón. Hacía un buen tiempo no nos veíamos debido a lo ajetreada que se ha vuelta la existencia. Uno, imbuido en sus problemas, se olvida de muchas cosas y de esos pequeños placeres que es una rica plática cantinera con los amigos. En fin, la amistad con este singular par de amigos se remonta a mi adolescencia cuando tuve la suerte de escucharlos alburearse sabrosamente y yo sin saber qué era aquella suerte de jerigonza. Este par de compadres trabajan en el tendido de las calles de la colonia Chapultepec norte —con concreto hidráulico, toda una novedad para la época— y eran el azote de las empleadas domésticas de la zona (antes se les decía de otra forma, pero ahora ya no puede llamárseles de esa manera, so pena de ser colgado del árbol más alto del bosque Cuauhtémoc, y de esa parte escondida en la entrepierna).
Bien, ya vueltos al encuentro con los compadres, platicamos sabrosamente toda la tarde, chelas y rones de por medio, aderezados con rica botana, y nos pusimos al tanto de nuestras vidas. Yo, preguntándoles por el perro callejero color canelo que siempre les acompañaba y que ellos afectuosamente llamaban “Capullo”. Lo habían encontrado en una obra todo famélico, roñoso y hambriento y lo alimentaban con las sobras de sus itacates y las de sus compañeros. Cabe decir que no se juntaba mucho, pero entre todos sí le llenaban la panza al susodicho can. Con el tiempo se volvió su fiel acompañante y los salvó de varias corretizas de otros perros callejeros. Me informaron que el Capullo había pasado a mejor vida, pero ahora andaba con ellos un chozno o quién sabe qué generación de hijo del Capullo era aquél que ahora los cuidaba. Ya habían perdido la cuenta. Por su parte Melitón, el más bajito y panzón, preguntándome por la familia y trivialidades. De otro lado, Minasio, siempre más crítico, más informado. Todos los días compra “La Voz de Michoacán” y por las tardes no se pierde “La Extra”. Con él la plática giró sobre los problemas del país y, obviamente, del estado.
Ya puestos en el tema de la nueva refinería, tópico por demás obligado, dados los ríos de tinta que corrieron las últimas semanas sobre dicho tópico y las grandes expectativas que generaron entre una buena parte de la población que esperaban la providencial inversión que acabaría con toda suerte de problemas, Minasio expresó que todo había sido una pura vacilada. Le interrogué sobre algo que a mí, lo debo de confesar con toda honestidad, no me quedaba claro era para qué se había involucrado a tanto gobernador y levantado tanta expectación sobre el complejo petrolero, cuando seguramente la decisión se tenía de antemano.
Minasio se me quedó observando, como inquiriendo en el fondo de mis ojos si mi pregunta llevaba una doble intención o qué pasaba conmigo que preguntaba algo que para él era por demás evidente. Estiró el brazo, se llevó su “Alas” a la boca, le dio una larga fumada y poco a poco soltó el humo blanco que llenó la mesa. Luego, apuró dos sorbos de Bacardí. Nuestros ojos se volvieron a encontrar y siguió escudriñándome como si fuera un raro animal, finalmente me espetó, ¡ay tiernito! —así solía llamarme de pequeño— ¿de veras no sabes? Farfullante y confundido le dije que pues no; no tenía idea y la verdad me inquietaba el asunto y a estas alturas también sus aires de suficiencia.
Me aventó una larga letanía en la que hasta intereses de petroleras gringas estaban presentes y los juegos de poder de la presidencia. La verdad después de las tres chelas de rigor y de enfilarme el cuarto ron no puedo dar una completa y fiel versión de lo que me dijo. Sin embargo creo recordar algunas cosas. Confirmó, según su entender, que la decisión se tomó desde hacía ya unos meses, pero que no le iban a dar una suculenta inversión a un estado con gobierno priísta así nada más, por una decisión técnico-financiera. No, había que crear escenarios de competencia para que, según el compadre Minasio, le vendieran caro el favor al estado de Hidalgo —negociaciones con los priístas de por medio— para que el presidente Felipe Calderón intercambiara futuros apoyos de la fracción priísta a iniciativas suyas y, creo que aquí Minasio debe de prestarme su bola de cristal, a que el presidente sabe que al PAN le será difícil mantener el poder en el 2012 y que estaba, de alguna manera, tendiendo desde ya puentes con el tricolor, pues el PRD entre sus pugnas internas no representa ya peligro y que era preferible el PRI a entregarle el poder al Peje.
Minasio concluyó: fue una jugada magistral de “felipillo”, donde él ganó y le hizo creer a los priístas que también ganaban. Los únicos que perdieron fueron algunos gobiernos que no entendieron la jugada y se fueron con el engaño de la pasarela. Pinche Minasio, la verdad me dejó pensando un buen rato y todavía sigo reflexionando y hurgando en la memoria todo lo que vertió en la tarde-noche, pues creo que el tal compadre estaba “iluminado”. Nos despedimos afectuosamente y sentenció: Tiernito, quién tenga oídos para ver, que vea. Quién tenga ojos para ver, que vea. Otra vez, ¡pinche Minasio!, de dónde me habrá salido tan bíblico.