¿Qué hay atrás de los llamados oficiales a la unidad y a no convocar a las catástrofes sobre la situación, económica, política y social del país?, uno quisiera pensar que hay un afán sincero por cambiar el rumbo y comprometerse, nuestros gobiernos y clase política, con las necesidades urgentes del pueblo, echas de lado para favorecer una estrategia económica que nos ha sumido en un pobreza profunda, no sólo material -ética, espiritual, anímica-, y en una desigualdad lacerante.
Y mire usted si hay razones para desconfiar, si a alguien, cándidamente, se le ocurre proponer que hay que contener a los bancos por el exceso de intereses que cobran en el uso de las tarjetas de crédito, sin ninguna justificación lógica para hacerlo -que no sea la usura-, le dirán que eso no es posible porque “a los que más afecta es a los más pobres” (¿?) y lo peor es que esa absurda declaración se la oirá a quien se supone debe defender a los usuarios frente a la avaricia de las instituciones bancarias. La Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de los Servicios Financieros (Conducef), que debería “buscar siempre una relación justa y equitativa entre los usuarios y las instituciones financieras”, es hoy más aliada de los bancos que de la sociedad. Y es obvio, porque al frente de esa institución hay un ayatolá de las políticas neoliberales que nos han sumido en una crisis económica global sin precedentes: Luis Pasos. Pero eso sí, nos seguirá recetando/vendiendo libritos de bolsillo para saber cómo salir de la crisis y, lo lamentable, es que habrá incautos que le compren el discurso.
Peor si se le ocurre preguntar ¿quién se está llevando el dinero, nuestro dinero, que el Banco de México está metiendo a los mercados para contener la devaluación dramática del peso?, lo que va a obtener es un silencio sepulcral aunque el gobierno lo sepa, pero eso sí, escuchará una advertencia de que se seguirán metiendo más dólares al mercado cambiario -hoy en manos especulativas- y una defensa a ultranza de que no se están despilfarrando ni se están saqueando las divisas que podrían ocuparse para apoyar otras actividades productivas, como el campo, y a quienes verdaderamente se la están jugando con el país –como a la pequeña y la mediana industria- o a actividades públicas que generen empleos, detonen desarrollo regional y cuiden el ambiente.
Los cerca de 25 mil millones de dólares que se han invertido para “defender” al peso equivalen al préstamo que nos hizo Bill Clinton en la crisis del 94/95 –la del “error de diciembre”-, que, por cierto, se pagó; equivale a tres refinerías de las que aún insiste el gobierno federal que no hay dinero para construirlas y de las que se lamenta que no se haya dejado ingresar, aún más, al capital privado extranjero con la reciente reforma a Pemex –todavía quieren más de nuestro petróleo y no cejarán en su empeño de apoderarse de lo que queda de ese recurso.
Esos miles de millones de dólares están sirviendo para “subsidiar”, para resarcir el quebranto de muchas de los dueños de las empresas afectadas por su voracidad, su apuesta a la especulación y a la falacia de las certificaciones –otro vil negocio generado para legitimar “la calidad y la competitividad” fraudulenta de grandes oligopolios financieros. Estamos pagando con creces una crisis que nos quieren vender como importada cuando nuestros gobiernos pasados y presente, al menos los cinco últimos, la compraron toda al sumarse a un proceso de integración económica y a una globalización desigual, de manera subordinada y sin estrategia propia, soberana.
Esos 25 mil millones de dólares, y lo que se acumulen en estos días, están disminuyendo nuestras reservas y son nuestra cuota para permanecer en un “club de ricos” donde nosotros participamos de manera marginal, en el último vagón del tren, como maquiladores –sin desarrollo tecnológico y educativo propio, sin capacidad alimentaria soberana y con la mitad de la población en situación de pobreza–, pero eso sí, con mucha ilusión y orgullo porque al frente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) está un mexicano neoliberal recalcitrante, ya jubilado, con 58 años de edad, por Nacional Financiera (Nafinsa) y un monto que no tienen en sus pensiones la mayoría en este país: José Ángel Gurria. Además, para satisfacción de algunos, amigo de Elba Esther Gordillo, la mujer más influyente políticamente de México, y aliado en su nueva cruzada por “la calidad educativa”, al más puro estilo neoliberal. ¿Quién dice que esa doctrina económica está agotada y derrotada con esta crisis?
Ahora que si quiere revisar su optimismo, vea quiénes están al frente de instituciones públicas claves de la economía y los negocios. Agustín Cartens, “Chicago boy”, fue Subgerente Director del Fondo Monetario internacional (FMI) –organismo artífice de la instrumentación de las políticas neoliberales y el Consenso de Washington-; Gerardo Ruiz, secretario de Economía, ligado a la derecha empresarial; Javier Lozano, secretario del Trabajo, vinculado a intereses de Televisa y que ahora promueve una ley laboral sin consenso social, con una visión neoliberal rancia y perversa, legitimando la subcontratación y acabando con la estabilidad laboral. Guillermo Ortiz, gobernador del Banco de México, ex representante ante el FMI. Etcétera, etcétera, sólo por citar algunos, la mayoría de ellos provienen del salinismo. O sea, quienes nos gobiernan son creyentes neoliberales y no se observa acto de contrición a la vista dado los intereses a los que sirven.
Los que ven un neoliberalismo derrotado, ¿no ven las noticias en televisión ni oyen Fórmula Financiera o no escuchan las declaraciones de nuestros gobernantes? – son esos que advierten que no se debe “lucrar” con el desempleo y la seguridad en las campañas electorales ni dejan de persistir en un Estado estoico, disciplinado en el gasto, aunque la inseguridad crezca y el ejército, como institución, siga desgastándose, en las calles, ante la incapacidad de generar un cuerpo policiaco capaz, entonces ¿a quién le vamos a cobrar las promesas de campaña incumplidas?, ¿a quién le recordamos que la tenencia nos la siguen cobrando, a pesar de que nos dijeron que la quitarían, porque no alcanzan los recursos para apoyar a los estados pero sí para solventar los altos salarios de los gobernantes?.
Cuándo me pregunto ¿y dónde perdimos rumbo, cuándo renunciamos a tener un país libre y soberano? –eso no quiere decir que se rechace la globalización, pero sí que busquemos otra manera más conveniente de integrarnos regional y globalmente-, me recuerdo de tres funcionarios y tres declaraciones para la posteridad: la primera de Jaime Serra Puche, ex secretario de Comercio y Fomento Industrial (Secofi) afirmando que la mejor política de fomento industrial es la que no existe –fue la declaración más dogmática que he oído a favor del mercado; prefirieron cambiarle el nombre a la secretaría que cambiar su fe-; luego a un líder empresarial, Juan Sánchez Navarro, diciendo que no se hace dinero juntándose con los pobres y por eso habría que ligarnos con Estados Unidos y no con América Latina –lo mismo puede decirse de Claudio X. González, dirigente de los principales hombres de negocios en el país, representante del monopolio papelero Kimberly Clark y empresario al que no le preocupa el pueblo ni el desarrollo sustentable y se ha destacado por sus servicios al gran capital. Por último, a Luis Téllez, ex secretario de Comunicaciones y Transportes, diciendo, durante la negociación del TLC, que al campo le sobraban 20 millones de mexicanos –para él, el dios mercado, la migración o el hambre se encargarían de reubicarlos o acabar con ellos, pero hoy, nos dicen desde Estados Unidos, dónde se colocaron algunos: están produciendo para el narco y otros en la economía informal. Todo eso pasó en el salinismo y hoy poco ha cambiado. La élite política y los poderes fácticos son los mismos. La sociedad es la que se desgasta y se rompe el tejido social, pero arriba se mantienen los privilegios.
Así, que ahora no extraña, aunque duela, que en un solo día pueda leerse en los diarios que la economía mundial estará bajo cero este año, que perderán su empleo cerca de 500 mil mexicanos y que se acepte que se están dilapidando las reservas para defender el peso en una batalla que se sabe perdida y a quién se está favoreciendo. Lo que sorprende es que estas declaraciones catastrofistas no vengan de ningún opositor al régimen sino del FMI, de una empresa colocadora de personal, Manpower, y de la secretaría de Hacienda, respectivamente, o que un organismo del gobierno estatal, el Centro de Desarrollo Municipal (Cedemun) reconozca que el crimen organizado está ya afectando la operación regular de los Ayuntamientos. La verdad, no se necesita ser intelectual o brujo para relacionar la problemática social con la política económica vigente.
Los que aún defienden el modelo no sólo dan patadas de ahogado, se justifican y persisten –“fue la corrupción”, como si no la alentara el propio modelo, “la mala aplicación de las políticas” o que “todavía falta para ver el final del túnel”, lo que arguyen-, sino que se ubican atrás, a la sombra, de quienes pueden defender sus privilegios, ya sea del presidente en turno o incluso de quienes piensan puede ser el sucesor. Ya trabajan en el relevo –ya están” zopiloteando” por el Estado de México- y a ellos no les importa pactar con el crimen organizado; de lo que se trata es de “institucionalizarlo” o convertir, al narco, en una actividad menos “influyente”; es, a fin de cuentas, un asunto de mercado.
Lo paradójico es que quienes pregonaron e impusieron el dogma neoliberal, destacadamente el gobierno de EU, hoy padecen el peor déficit de su historia y nuestro gobierno se mantiene “en la línea”, sosteniendo una lógica económica inviable para salvar privilegios de quienes han lucrado con una estrategia que les favoreció y les favorece, en vez de volver a fórmulas de la economía mixta más eficaces, que permiten políticas redistributivas sin exclusiones y cuidar lo que es importante para los pueblos, sin caer en proteccionismos absurdos -la salud, la educación y la producción del campo son prioridades nacionales.
Por eso me da gusto, por el bien de México, como dijo Purificación Carpynteiro, ex directora de Correos, más allá de sus broncas, que se haya ido Luis Téllez –al que el país no le debe nada ni era un gran político, como dicen sus defensores-, más bien, preocupa que el Presidente Calderón diga que aún lo mantendrá como asesor para encontrarle “salidas a la crisis”.
Si en este país se respetara la ley y hubiera funcionarios honestos, esa clase de políticos oportunistas, corruptos y traficantes de influencias, estarían en la cárcel, retirados o sirviendo a los amos e intereses que siempre obedecieron –ah, como me viene a la mente Fernández de Cevallos, aliado clave del salinismo para asentar una política económica que se ufanaba era de su autoría. Si Manuel Gómez Morín lo hubiera conocido, también hubiera renunciado al PAN, como varios en ese entonces.
Decía un amigo que la esperanza muere al último y los mexicanos tenemos ganas de creer, pero también debemos hacer más y rechazar, con nuestros actos y decisiones, discursos demagógicos y a políticos que esconden los verdaderos intereses a los que sirven. Para ello, hay que aprovechar cada momento posible para hacer oír nuestra voz y cambiar el rumbo. Vienen elecciones, no vendamos el voto ni caigamos en la apatía, empecemos por sufragar en contra de quienes son parte del crimen organizado o están a su servicio y desenmascaremos a quienes son títeres de una política que ha servido al interés de los grandes capitales y no del pueblo.