Buscar cinco pies al gato se dice de los que con sofisterías y embustes nos quieren hacer entender lo imposible; nació de uno que quiso probar que la cola del gato era pie”. Sebastián de Covarrubias (Tesoro de la lengua castellana, 1611).
El diccionario nos dice que catástrofe es una desgracia, un desastre, un acontecimiento imprevisto y funesto; suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas. Y la palabra viene a cuento porque se ha puesto de moda.
Más bien “el catastrofismo” es lo que está en boga –lo ha puesto en los reflectores de la política el presidente Felipe Calderón-, como antes el “sospechosismo” (célebre concepto acuñado por Santiago Creel). No es casual: son tiempos electorales. Sin embargo, lo curioso es observar quiénes son, con sus acciones, los verdaderos promotores de desgracias y, en todo caso, qué hay atrás de los que llaman a evitar discursos catastrofistas, que, tal parece, se quieren arrogar el derecho exclusivo para difundirlos cuando les conviene y esconder, de paso, su defensa terca de un modelo económico impuesto hace más de 25 años y que ha demostrado su fracaso.
Todo empezó cuando el presidente Felipe Calderón pidió a sus colaboradores evitar visiones “distorsionadas” y pesimistas de la realidad económica, política y social que vivimos –fue a partir de un diferendo entre el análisis que hacía el secretario de Hacienda y el gobernador del Banco de México. Su reproche partía de la idea pueril de que la crisis, en buena medida, es psicológica y que cuando los diagnósticos y los pronósticos son negativos se mandan malas señales al mercado y se inhibe la toma de decisiones, se alejan inversiones, etc., algo así como que las malas vibras, atraen malos ánimos y por tanto hay que esconder la realidad a través de buenas mantras y spots publicitarios motivacionales para que la mala racha se vaya. Algo así como lo que hace Televisa y Televisión Azteca, fallidamente, cada que juega la selección mexicana: se trata de esconder una realidad mediocre y un mal desempeño vendiendo expectativas.
En Davos, Suiza, en enero, el presidente Calderón enmendó la plana al gobernador del Banco de México porque habló del pobre crecimiento de México en el 2008: “yo creo que tan malo es generar expectativas sobradas o infundadamente optimistas, como generar expectativas cada vez más negativas y deterioradas que también pueden carecer de fundamentos sólidos” -¡hay, a veces como me recuerda Felipe a Salinas de Gortari!
Después, en la conmemoración del 92 Aniversario de la Constitución, el 5 de febrero pasado, el presidente hizo un llamado a los mexicanos a “rechazar el catastrofismo y el alarmismo que dañan al país, ahuyentan inversiones y destruyen empleos”; hay que acotar, dijo, “los personalismos e intereses que medran con infundadas profecías de desastre que sólo generan desaliento” y claro, como siempre terminan esos discursos, llamó a la unidad. El polémico López Obrador se puso el saco de inmediato y respondió, allá en las páginas ocultas de un diario y desde en un modesto poblado de Jalisco, “no pretendo ser alarmista ni catastrofista pero es necesario que la población sepa la verdadera dimensión de la crisis económica” -que, por cierto, Felipe Calderón empezó por llamar un catarrito y terminó reconociendo que era una neumonía-. Bueno, que López Obrador respondiera era lógico pero que saliera al paso Carlos Slim es otra cosa.
Uno de los hombres más ricos del mundo, de los que más han sacado provecho del modelo económico vigente y de sus influencias con nuestros gobernantes, Carlos Slim, en su participación en el foro organizado por el Senado, “México ante la crisis ¿Qué hacer para crecer?”, dijo enfáticamente: “no quiero ser catastrofista, pero será una situación delicada y habrá que estar preparados para enfrentarla para que después no estemos llorando”. Además, señaló que por las crisis recurrentes, uno de los sectores sociales más afectados ha sido la clase media, pues ésta se ha hecho más chica porque la gente no tiene ingresos. De inmediato salieron voces desde el gabinete y de editorialistas de renombre para acallar esa ave de mal agüero; hasta el presidente le contestó que habría que hacer, cada uno desde su trinchera, más por México. Esa declaración de Slim era tan antipatriota como apostar contra la selección mexicana frente a Estados Unidos, cuando las estadísticas demostraban que en 10 años el (otrora) “gigante de la Concacaf” no ha podido ganarle en su cancha. Y es que la realidad no es la que es sino la que los políticos y los medios quieren que creamos.
Sin embargo, en este mundo lleno de contradicciones y desmemoria, ahora, en el acto del Día de la Bandera, el presidente Calderón nos advirtió que la crisis amenaza el nivel de vida de todos los mexicanos. ¿En que quedamos, pues?, ¿quiénes son los catastrofistas?, mientras, los ciudadanos de a pié estamos vacunados contra los jinetes del apocalipsis: hace tiempo que están instalados en nuestra realidad cotidiana, hace tiempo que esas calamidades conviven con nosotros y nos acechan, así que los discursos catastrofistas son como los llamados a misa. Es mentira que si la gente oye que hay crisis no va a comprar una casa o un coche, simplemente la gente razona diferente, en función de su realidad y necesidades personales. No anda especulando ni buscando cinco pies al gato. Eso lo hacen los que han sido ganadores de un modelo económico que premia la irresponsabilidad y ha acrecentado la brecha entre ricos y pobres; ellos calculan y no piensan que la crisis sea psicológica, es más, la psicología les vale.
Catastrofista es el secretario (de Economía) que, sin ningún dato que lo pruebe, va al extranjero, a Francia, a decir que el próximo presidente de México podría ser narcotraficante; es el presidente de un partido estatal que advierte, a la ligera y para llevar agua su molino, que el próximo gobernador podría ser narcotraficante; es el funcionario que acusa que a un ex presidente, que fue quien lo apadrinó, se robó la mitad de la partida “secreta” de la presidencia; es el presidente de un partido nacional que pide, cínicamente, no poner en el debate electoral el empleo y los bajos salarios –según él, porque la crisis es “importada”-, pero él sí puede acusar campantemente de haber abierto las puertas del crimen organizado (narcotráfico) a los gobiernos priístas –mientras el secretario de Gobernación, de su mismo partido, lo contradice y reconoce que se dejó mucho de hacer en el gobierno foxista. Catastrofista el INEGI que, ese sí con cifras, nos dice que la inflación y el desempleo crecieron, que cayeron nuestras exportaciones, que aumentó la cartera de morosos crediticios y que la devaluación del peso va.
A los que especulan –y han convertido, impunemente, a la economía en un casino sin que se les sancione y se les cobre un peso de impuestos-, a los que “lavan” dinero, a los han saqueado al peso y se han enriquecido con la complicidad de funcionarios y líderes corruptos, a esos, les vale gorro la psicología, los mantras y el discurso gubernamental sobre las buenas vibras; ellos son los verdaderos ganones de la crisis. Entonces, uno se preguntaría, ¿para qué insistir en labrar una “percepción social optimista” de la crisis y de que “juntos” vamos a salir?, ¿a quién le sirve?, les sirve a los que lucran políticamente con ese discurso y a quienes tratan, aún, de defender privilegios que una estrategia económica, denominada neoliberal, les ha brindado a manos llenas en perjuicio de las grandes mayorías y de la viabilidad de un Estado democrático.
Ah, y la crisis es falso que no la provocó el gobierno y que es importada. La bronca económica es parte de una apuesta hecha por nuestros gobiernos desde hace casi 20 años, cuando se decidió ligar, a México, a la suerte de Estados Unidos con el Tratado de Libre Comercio (TLCAN). Ahora no lloremos, como dijo Slim. Esa es la desgracia, la verdadera catástrofe que tratan de tapar.