En la última semana se ha incrementado el debate en nuestro país respecto de la pena de muerte. En medio de una justificada y creciente indignación social por la ola de violencia, inseguridad y crímenes de los últimos tiempos, no han faltado voces que se pronuncian a favor y en contra de adoptarla en nuestro país. No hay duda de que en ambas posturas asiste mucha razón, pero pienso que es un tema que debemos meditar con mucho cuidado.
Por lo pronto, quiero subrayar mi inconformidad por aquellas iniciativas que, particularmente desde el estado de Coahuila, han sido muy difundidas con una forma que más parece querer aprovechar electoral y políticamente la indignación pública que realmente querer discutir este tema con la seriedad que el caso ocupa.
Ya incluso la alta jerarquía católica de nuestro país se ha pronunciado en contra de esos desplantes que se antojan oportunistas.
El asunto es en verdad muy delicado e imposible de abordar en profundidad en estos comentarios de dos minutos. Por eso les pido que me permitan sugerir que antes de ponernos a intentar legislar en la materia, lo discutamos amplia y públicamente.
En principio propongo que antes de ello, se hagan esfuerzos serios por atacar los asuntos que están en el fondo de toda la lamentable situación por la que estamos atravesando: la corrupción y la impunidad.
Las voces a favor de la pena de muerte tienen resonancia porque ya todos estamos cansados que esos siniestros crímenes, así como cualquier otro, no se castiguen efectiva y ejemplarmente.
Todos los días tenemos muchas noticias de secuestros y crímenes aberrantes y todos los días nos quedamos con la sensación de que no se hace nada, o que se hace poco para combatirlos. Para colmo de males, no son pocas las ocasiones en que nos enteramos que en su comisión participan los policías que deberían estar combatiéndolos.
Pero entonces el problema no es si matamos o no a los asesinos, sino que si como sociedad somos o no capaces de atraparlos y castigarlos, conforme a la moral y la ley dictan.
De allí que antes de pensar en la pena de muerte debemos pensar en realmente reformar nuestro sistema de justicia y depurar las policías. El asunto, claro, no es sencillo, pero de nada nos servirán puertas falsas.
Debemos exigir al Estado que cumpla su papel y nosotros debemos revisar en qué forma contribuimos a esta aberrante y apabullante corrupción e impunidad. Todos podemos hacer algo, por pequeño que parezca. O usted: ¿qué opina?